Andrés Soliz Rada / Argenpress
La existencia de Bolivia está en riesgo. En tanto las petroleras avanzan en
su reiterado proyecto de descoyuntar a los departamentos productores de gas y
petróleo del tronco común de la nacionalidad, las ONG europeas y
norteamericanas han introducido la cizaña de unas supuestas 36 naciones indígenas.
Petroleras y ONG están de pláceme. Cada día están más cerca de lograr uno de los objetivos del Nuevo Orden Mundial del Siglo XXI: hacer desaparecer a los
Estados nacionales de los países atrasados. Nuestro país sería, por tanto, el
primer país desintegrado del continente americano.
Sin embargo, no todo está perdido. Bolivia comenzó a germinar como nación
antes de la Asamblea Constituyente de 1825. Tiene dos raíces profundas: la
Revolución de Tupak Katari (de 1781) y la guerra de los 15 años (entre 1809 y
1825) protagonizada por nuestros guerrilleros y mártires de la independencia.
De esa simbiosis nació la Patria cuyos mejores hijos dejaron su sangre en los
patíbulos y campos de batalla, la que fue aprovechada por los herederos de la
casta encomendera que fundó una República racista donde continuó vigente el
tributo indigenal.
Pero la historia, felizmente, no permanece estática. La alianza indomestiza, que
tuvo en la Revolución paceña de 1809 su expresión más elevada antes de la
fundación de la República, nunca se sometió de manera pasiva a la oligarquía
de mentalidad colonizada primero, y pro imperialista, después. Por el
contrario, las insurrecciones indígenas fueron una constante contra los
avasalladores de tierras comunitarias cuyos conductores fueron
personajes siniestros como Melgarejo y otros oligarcas de la plata y el estaño.
El pueblo indomestizo, con la prohibición de votar en las urnas, utilizó el
motín y la insurrección para recordar su implacable presencia.
La desarticulación entre la oligarquía minero feudal y el pueblo
indomestizo ocasionó la pérdida de la mitad del territorio con que se fundó
Bolivia, en guerras injustas, pese a las cuales, la conflagración del Chaco
(1932-1935) sirvió para que indígenas y mestizos de toda los confines patrios
mezclaran su sangre en las trincheras. La visión de estadista del Mariscal
Andrés de Santa Cruz y Calahumana y la rebeldía de Belzú y Pablo Zárate Willca,
así como la de Toro, Busch y Villarroel, abrieron el camino para la profunda,
pero traicionada Revolución del 9 de abril de 1952 que tuvo como sólido
antecedente la primera nacionalización del petróleo en nuestro continente,
decretada por el general David Toro, en 1937.
La liberación de los pongos, el voto universal y la saboteada
nacionalización de las minas, en el ascenso de la revolución nacional, tuvieron su
continuación en la segunda nacionalización del petróleo, dictada por el general
Alfredo Ovando (en 1969) y con el surgimiento organizado del cholaje, acaudillado
por Conciencia de Patria (CONDEPA), que lideró Carlos Palenque.
Evo Morales accedió a la Presidencia con estos antecedentes encarnando
las esperanzas populares. Infelizmente, un grupo de fundamentalistas del
indigenismo, respaldados por USAID y ONG europeas, se dieron a la maligna tarea de enfrentar a indígenas con mestizos, es decir, a los pilares de la nación
boliviana.
Estas posturas suicidas coinciden, por un lado, con los intereses de las transnacionales petroleras que frente a la crisis energética mundial ambicionan
expoliar las reservas de minerales, gas y
petróleo y sueñan con un Estado nacional que las defienda y, por otro, con las oligarquías de países vecinos que anhelan quedarse con
trozos de nuestra República. Para ello, el indigenismo reflotó las afiebradas
tesis estalinistas, expuestas en Bolivia por Jorge Ovando y hoy repetidas por
Alvaro García Linera.
En este escenario, "Patria Grande" pretende contribuir, así sea con un
grano de arena, a la ardua tarea de reconstituir el Movimiento Nacional, el que
debe contar con las bases del MAS y con el propio Evo Morales, si acaso tiene la
valentía de liberarse de su entorno sumiso al capital financiero internacional
que oculta su entreguismo con un inviable indigenismo a ultranza. Es obvio que
este frente de resistencia a las transnacionales necesita del concurso de todos
los patriotas que aquel glorioso 17 de octubre de 2003 aunaron voluntades para expulsar a Gonzalo Sánchez de Lozada
y posibilitaron el triunfo popular en los
comicios del 18 de diciembre de 2005, que ha quedado frustrado también por el
incumplimiento de la prometida revolución moral.
Bolivia sufre, en estos momentos, la ingerencia, solicitada por el propio
gobierno y la oposición, de organismos internacionales y cancilleres de países
vecinos, en una caricatura grotesca de lo que debe ser la integración de “Nuestra
América” (como decía Martí). Esa integración debe pasar por la articulación de
estados nacionales fuertes, en una confederación que también resuelva nuestra
centenaria demanda marítima.
En estos momentos dramáticos, hacemos nuestra la histórica frase del
general José de San Martín: "Cuando la patria está en peligro, todo está
permitido, menos no defenderla".