Pablo Regalsky**
El texto aprobado por la Asamblea Constituyente en Oruro el 9 de diciembre
de 2007 es un triunfo importante para los movimientos indígenas,
que excede el plano puramente discursivo y de “papel mojado”
al que quedan generalmente reducidas las constituciones en América
Latina.
Por un lado, lo que plantea el texto del proyecto de Constitución
tiene importancia. Pone en cuestión el sistema liberal de control
estatal sobre los pueblos oprimidos. Coloca nuevamente en el tablero,
no sólo nacional sino mundial, el tema del reconocimiento de
los derechos colectivos, el derecho a la autodeterminación de
los pueblos oprimidos, y pone en discusión el sistema opresivo
y homogeneizante del Estado-nación. Además de esto, establece
de la forma más taxativa posible un conjunto de derechos individuales
que parece colocar a Bolivia –al menos en el plano de la teoría–
en el puesto más avanzado de la civilización humana actual.
Por otro lado, la circunstancia de este triunfo, independientemente
del valor mismo del texto, ha vuelto a colocar a la llamada “derecha”
en la defensiva. En este artículo, además de introducir
algunos elementos para apreciar los avances del texto constitucional
y también establecer lo que esto significó en términos
de expresión y a la vez refuerzo a las luchas indígenas
campesinas y obreras, intentaremos dar un breve vistazo a las relaciones
de fuerza entre las clases (y los sistemas sociales) en términos
de larga duración..
¿Es un triunfo de los movimientos sociales? Afirmativo, es una
derrota política de una burguesía que se declara en retirada.
¿Es una transformación del Estado? Negativo, no lo es.
¡Es un programa para la acción! Y es, a la vez, una proclama
civilizacional.
El texto constitucional aprobado en la Asamblea es un texto que desde
el punto de vista leguleyo podría considerarse contradictorio,
incluso inaplicable. Bajo un mismo Estado existirán dos doctrinas
jurídicas diferentes que quedarían territorializadas;
una que continúa la tradición constitucional liberal vigente
y cuyo principio fundamental es el respeto irrestricto a la propiedad
privada, la otra –de inspiración indígena–
que no desconoce la existencia de esta última pero no permite
el ejercicio irrestricto de los derechos de propiedad privada. Depende
de qué territorio se trate, se aplicaría una u otra doctrina.
Este es un planteamiento de reconocimiento pleno del pluralismo jurídico,
lo que implica esa posibilidad. Las dos realidades jurídicas
han existido desde siempre en Bolivia, existen en la práctica
dos jurisdicciones superpuestas, la estatal-liberal y la indígena-campesina,
que se ejercitan a través de dos sistemas de autoridad paralelas.
El cambio es que hoy el texto constitucional plantea el reconocimiento
abierto de la autoridad indígena y ya no estarán superpuestas,
porque los territorios estarán delimitados en función
del principio de autodeterminación de cada pueblo. Cada pueblo
tiene el derecho a autodefinirse como población indígena,
originaria campesina o como población intercultural. Esto por
supuesto es una oportunidad y a la vez, implica un gran peligro.
¿Qué significa el pluralismo jurídico? Que cada
pueblo indígena tiene derecho a gobernarse en su territorio en
el marco de sus propias normas y elegir sus gobernantes de la forma
que ellas lo establezcan. En los hechos significa el desconocimiento
del principio liberal que establece “un individuo-un voto”
y el “derecho” al voto secreto. Desconoce el principio democrático
burgués de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley y
que hay una sola ley para todo ciudadano. Establece la igualdad del
derecho colectivo frente al derecho individual.
En la generalidad de los pueblos indígenas, al igual que en
las asambleas obreras, se toman las decisiones –en ejercicio de
la democracia popular– en asamblea pública, levantando
la mano. Muchas veces se realiza de forma nominal: allí donde
están reunidas muchas comunidades, por ejemplo en un congreso
provincial de sindicatos agrarios o en un cabildo o asamblea de ayllus,
cada comunidad delibera aparte y emite su voto a través de su
representante en público. En otros casos las votaciones por mayoría
no son determinantes sino que se subordinan al derecho a la participación
equitativa, rigiendo el turno de rotación: aunque se elije públicamente
la autoridad, en realidad rige un acuerdo de larga duración por
el que la autoridad sale necesariamente de un determinado sector según
le toca el turno ejercer la autoridad (lo mismo hace la Unión
Europea con su presidencia). Todas estas normas tienen la finalidad
de establecer el derecho de la mayoría a hacer respetar sus decisiones
dentro de un equilibrio general.
La autoridad indígena originaria campesina ejerce la atribución
de aplicar las normas comunales en su jurisdicción de una manera
amplia. Una norma fundamental de la jurisdicción campesina originaria
indígena es la que marca los límites al ejercicio de la
propiedad privada. El derecho a la posesión de la tierra por
parte de una familia que tiene derechos de herencia sobre ella no implica
–desde la normativa consuetudinaria indígena– el
derecho a disponer libremente de ella, no se la puede vender libremente,
no se la puede cultivar o usar de cualquier forma, sino solamente en
función de decisiones comunales específicas y que pueden
modificarse de año en año. Para las empresas capitalistas,
lo mismo que para quienes se manejan con una lógica de acumulación
privada, estas normas significan un problema. No es que se impida la
acumulación, como tampoco se excluye al capital, solamente se
lo restringe de una manera que dificulta el proceso de diferenciación
social y la acumulación en pocas manos del poder.
La autoridad indígena, a diferencia de la autoridad del Estado-nación,
resume en sí la capacidad de juzgar así como la capacidad
de gobernar. Esto supone que distintas autoridades, en territorios contiguos,
podrían tener criterios diferentes para juzgar un mismo hecho.
La justicia ordinaria, según el texto aprobado, no puede revisar
los fallos de la autoridad indígena. El tribunal constitucional
deberá considerar la jurisdicción indígena en igual
jerarquía que la jurisdicción ordinaria. El tribunal constitucional
mismo deberá estar conformado por igual número de miembros
que representan ambas jurisdicciones. Por supuesto que se plantean preguntas
¿Es esto viable en un país sometido a la esfera de influencia
global del capitalismo, un país donde el capital financiero y
el capital petrolero siguen siendo los que tienen las de ganar en el
momento de poner las reglas de juego?
Esta es una somera explicación de ciertas partes del texto constitucional
aprobado en la Asamblea Constituyente. Se trata de un triunfo retórico
aún, es un texto aún sin valor legal alguno. Hay muchas
piedras en el camino: por un lado el gobierno (al momento de escribir
este texto) está negociando con los gobiernos departamentales
en poder de la derecha un posible cambio (que sería completamente
ilegal). El texto aprobado por la Asamblea debe ponerse a consideración
del pueblo en un referéndum (por voto universal y secreto, o
sea muy influenciable por los medios de comunicación dominados
por la burguesía).
Aún así, se trata de un triunfo político pues el
texto constitucional se constituye en un programa de acción para
los movimientos indígenas originarios. Y no sólo para
los movimientos indígenas campesinos. El movimiento indígena
debe mucho de este triunfo a la posición adoptada por sectores
avanzados del movimiento obrero, en particular a los mineros de Huanuni,
que tuvieron una actuación decisiva en diciembre. Más
adelante veremos la intervención minera en este proceso. Sin
embargo es importante notar que el movimiento obrero no consiguió
avances en el texto respecto al texto vigente, a más de los consabidos
derechos retóricos al trabajo. Por el contrario, el cooperativismo
minero, que es una amenaza no sólo sobre la única mina
nacionalizada subsistente que es Huanuni, sino también sobre
las mismas comunidades indígenas, ha obtenido dentro del texto
garantías de intocabilidad sobre sus concesiones de explotación
de recursos mineros tal como exigía. Esta es una de las contradicciones
que afligen dentro del texto porque contradicen abiertamente el derecho
ya establecido desde 1990 cuando Bolivia adhiere al Convenio 169 de
la OIT que reconoce el derecho a la consulta previa para el caso de
explotación de recursos naturales en territorios indígenas.
La situación es incierta aún
La situación al momento que la Asamblea Constituyente aprueba
el texto era muy fluida. El Consejo Nacional de Defensa de la Democracia
(Conade), conformado por los prefectos de la llamada Media Luna del
oriente boliviano, más los de Cochabamba y Sucre y cívicos
de cinco departamentos, se había reunido en Sucre en diciembre
de 2007 poco después de los disturbios que ocasionaron que los
constituyentes debieran abandonar la ciudad en noviembre. Allí,
el Conade definió declarar la aplicación inmediata de
las autonomías departamentales a partir del 14 de diciembre,
lanzamiento de los “estatutos autonómicos” y el desacato
a la Constitución oficialista. Esa fecha era precisamente el
día que la propia Asamblea Constituyente debía celebrar
su última sesión en la que ratificaba el proyecto de Constitución,
después que una comisión redactora “corrigiera”
los posibles defectos del mismo. Además, la desobediencia civil
apuntaba a desconocer el decreto que redujo la participación
de los departamentos petroleros en la distribución del impuesto
especial a los hidrocarburos. Los Comités cívicos cuentan
con el respaldo político y económico de las empresas privadas
de todo el país y no solo de Santa Cruz, en particular de la
Asociación de Bancos (Asoban), la Cámara Agropecuaria
del Oriente (CAO), la Cámara de Exportadores y la Cámara
de Hidrocarburos de Bolivia, todos estos organismos activos dentro del
Comité Cívico.
El Conade, con el soporte de estos sectores, pretendió entonces
constituirse en un gobierno paralelo al de Evo Morales, que comande
cinco de los nueve departamento del país.
Sin embargo, esos prefectos, unidos al mayor partido de la oposición,
“Podemos”, encabezado por el ex presidente Tuto Quiroga,
cometieron un grave error de cálculo al momento en que el período
de sesiones de la Asamblea Constituyente estaba a punto de finalizar
y la Asamblea aún no había podido avanzar en el proceso
de aprobación del texto final. Después que el Congreso
Nacional aprobara la prórroga del período de sesiones
de la Constituyente hasta el 14 de diciembre (según la convocatoria,
el período de vigencia de la Constituyente finalizaba el 6 de
agosto de 2007), el gobierno decidió convocar a una comisión
suprapartidaria, conformada por los partidos con representación
en la Constituyente a fin de llegar a un acuerdo sobre el texto a aprobar.
En esa comisión, dirigida por el vicepresidente García
Linera, se llegó a ciertos acuerdos que, en realidad, permitían
a la derecha y a los comités cívicos conseguir prácticamente
todos sus objetivos. Esto significaba que el gobierno de Evo Morales,
a título de garantizarse la gobernabilidad de su administración,
apostaba a un texto que beneficiaba a la burguesía retrocediendo
en ciertos aspectos, incluso con relación a la actual constitución
liberal todavía en vigencia.
La “estrategia” fundamental que el gobierno –a través
de la figura de García Linera– ha ensayado desde el principio
de la administración de Evo Morales es decirles a las empresas
y a sus voceros, los cívicos, “déjennos gobernar
y hacemos lo que ustedes requieran”. Ya Evo lo había dicho
incluso pocos días antes de asumir el gobierno, mientras realizaba
su gira mundial donde puso de moda la famosa “chompa de alpaca”:
“He comprendido que para ser un buen presidente tengo que lograr
buenos negocios para los empresarios”. Se refería a los
soyeros, agroexportadores y otras empresas beneficiarias del latifundismo.
Pero la miopía de esa burguesía “esmirriada”
no le ayuda: en parte lo explica su racismo. A tal punto no puede tolerar
estar siendo gobernada por quien califican como “indio”,
que no advierte que es el gobierno de Evo Morales el que le está
garantizando sus intereses estratégicos, su propia viabilidad
como clase propietaria, y que sólo en la medida que facilite
la gobernabilidad de la administración de Evo hará posible
una salida favorable a los intereses capitalistas a mediano plazo.
Bueno, ese ha sido su error: ese grupo de necios representantes de los
comités cívicos y de Podemos siguió presionando
al gobierno y negándose a firmar el acuerdo que les proponía
García Linera, pese a que les estaba ofreciendo el oro y el moro.
Al final, no le dejó salida al MAS. Los propios constituyentes
se vieron acorralados entre esta derecha torpe y los movimientos sociales
–en ese momento encabezados por los mineros de Huanuni y la Central
Obrera de Oruro– que empezaban a impacientarse con la cobardía
política del vicepresidente, de manera que el gobierno no tuvo
más alternativa que dejarle la vía libre a su propia bancada
para que apruebe “su” texto. Este texto, el único
que había sido propuesto de forma coherente en el curso de la
Asamblea, era el que había diseñado el Pacto de Unidad
de las organizaciones indígenas, originarias y campesinas, de
colonizadores y afrobolivianos, junto a un pequeño y eficiente
equipo de asesores técnicos y ongs aliadas que vienen trabajando
desde principios de 2005. Así es como entonces se aprobó,
inesperadamente para todos, un texto que avanza de manera audaz en el
campo de los derechos humanos tanto colectivos como individuales y que
es probablemente el texto constitucional más avanzado desde el
punto de vista democrático en el planeta. Lo interesante del
caso es que frente a la redacción de esta Constitución,
la clase media, que había sido aterrorizada por la prensa y por
rumores de que este texto aseguraría la perpetuación del
gobierno de Evo, además de la confiscación de sus casitas
y sus terrenitos, quedó encantada ante un texto que en lo fundamental
está bien elaborado y tiene consistencia.
Ahora bien, pese a que esa votación ponía a la derecha
ante un hecho consumado y ahora ya no le quedaba más salida que
enfrentarlo en el terreno del referéndum a realizarse en los
próximos meses, no contaba con la ayuda inesperada, otra vez,
del propio gobierno. El gobierno, en vez de sacar partido del hecho
de que la población urbana se había rendido a la evidencia
de que este texto era un avance de los derechos en todo sentido, se
esfuerza por dar marcha atrás en la situación. A principios
de enero Evo Morales convoca al diálogo a los prefectos bajo
una agenda que no termina de definirse. Mientras que al principio la
agenda parecía no contemplar el tema de la constitución,
tema ya cerrado, el mismo día que se realiza la reunión
aparece esta cuestión nuevamente. ¿Es falta de visión
estratégica y de política de este gobierno? ¿Se
puede hablar de cobardía política? La derecha no termina
de precipitarse en la derrota por sus propios errores, cuando viene
el gobierno a rescatarla. No parece ser cobardía. Parecería
que el gobierno, instintivamente, entiende que su viabilidad está
unida a la existencia de una derecha con capacidad de presión.
De lo contrario el gobierno quedaría preso de su propia base
social, los movimientos sociales.
Este es un gobierno-árbitro que lo que más teme no es
que la derecha esté en condiciones de imponerle sus términos.
Por el contrario, parecería que su instinto (pues no hay evidencia
que hubiera una clara estrategia en el gobierno en su conjunto) lo empuja
a favorecer que la derecha crezca lo suficiente como para colocar en
vereda a los movimientos sociales y no puedan crecer en sus demandas.
De esta manera el gobierno no quedaría preso del programa radical
con el que los movimientos sociales lo llevaron al poder: la llamada
“Agenda de Octubre” (el momento de la insurrección
que derribó al gobierno de Sánchez de Lozada). Por el
contrario podría intentar resolver la crisis de Estado, la crisis
del capitalismo “esmirriado” boliviano, tal como lo calificara
Zavaleta, reforzando el actual Estado (neocolonial).
Quien parecería empujar con más firmeza esta estrategia
del gobierno de convertirse en la expresión de la burguesía
es su vicepresidente García Linera: su planteo desde un principio
ha sido reforzar el Estado-nación, hacerlo nuevamente viable,
intentado ganar como base de sustentación a una burguesía
que vea en esta administración al garante de sus mejores negocios
en muchas décadas .
La situación real está definida, por un lado, por la
determinación de esta burguesía inviable y racista de,
ya que no puede sacar al “indio” del Palacio Quemado porque
se lo impide el apoyo que el gobierno recibe tanto de la OEA e implícitamente
del gobierno de Estados Unidos como de Brasil y Chile, por lo menos
convertirlo en su rehén. Pero por la otra, la situación
también está signada por la esperanza y seguridad de parte
de la gran mayoría de los movimientos sociales de que este gobierno
es “suyo” y, por lo tanto, se le puede exigir que cumpla
con la “Agenda de Octubre”.
Hasta aquí hemos visto, a través del triunfo que logran
los movimientos indígenas y populares en la Asamblea Constituyente,
que la relación de fuerzas establecida por el movimiento semiinsurreccional
de octubre parecería no haberse modificado sustancialmente. Sin
embargo, estamos en un momento de inflexión.
En primer lugar examinemos las relaciones de fuerza estructurales.
Está claro que el Estado boliviano no ha modificado su naturaleza
colonial. La actual administración, aunque esté dirigida
por un movimiento político surgido de un proceso de levantamiento
de las masas indígenas, no tiene la capacidad y tampoco la intención
de modificar ese carácter colonial. Por el contrario, existen
fuertes sectores no solo dentro del Estado (las fuerzas armadas, la
policía, la iglesia, el poder judicial, una amplia mayoría
del poder legislativo, toda la burocracia de la administración
del poder ejecutivo, los ministerios, ni que hablar de las prefecturas
y los municipios) que resisten cualquier intento de mínima modificación
de la actual estructura del Estado. De hecho, una mayoría del
aparato político que conforma el MAS está constituido
por alcaldes, concejales, diputados, senadores, ministros, viceministros,
y cientos de pequeños burócratas, muchos de ellos provenientes
de los partidos de la burguesía como el MNR, ADN, UCS, MBL, etcétera
y que se han pasado al carro del MAS. Con el actual gobierno se agregan
los cuadros del MAS que pasan a formar parte del aparato administrativo
del Estado. Parte de ese fenómeno es la incorporación
de buena cantidad de dirigentes de las organizaciones indígenas
y campesinas que se han asimilado a la vieja y esclerosada estructura
burocrática del Estado y adoptan cotidianamente el antiguo ceremonial
y protocolo de comportamiento burocrático. Al incorporarse, asumen
una actitud de defensa no solo de sus nuevos pequeños intereses
como burócratas que reciben un sueldo del Estado, sino de la
misma estructura jerárquica y burocrática a la cual se
han asimilado y que les permite gozar de esas pequeñas, a veces
pequeñísimas, prebendas. También se puede encontrar
ahora dentro de los ministerios y organismos administrativos de Estado
a una pequeña nube de profesionales pseudoizquierdistas del PC
y otros grupos, incluso ex militantes del POR que no tuvieron empacho
en servir de consultores a los gobiernos neoliberales y ahora no saben
hacer otra cosa que dar continuidad a las mismas propuestas y políticas
que habían desarrollado en gobiernos anteriores. La reconstrucción
de este aparato burocrático actúa como una pesada losa
que parece inmovilizar a los movimientos sociales y es un proceso que
ocurre a diario, pero a la vez es un proceso totalmente caótico,
cada subsecretario toma sus propias iniciativas y a veces en una misma
reunión se escuchan posiciones completamente diferentes, pero
dentro de un caos armonioso. Las consignas burocráticas, las
mismas realidades de un Estado colonial y anticampesino, ahora se las
reviste de una ideología pseudoandina, bajo un manto de supuesta
reciprocidad y redistribución, que sirve de nuevo manto ideológico
a la paz burocrática neo-burguesa vestida de ropaje indígena.
Esta situación se verifica en el caso de la problemática
de la tierra. La aprobación de las últimas modificaciones
a la ley INRA como resultado de movilizaciones campesinas e indígenas,
que debería permitir ahora la reversión de los latifundios
improductivos que no cumplen función económico-social,
no ha servido para recuperar hasta ahora ni un metro cuadrado de tierra
ilegalmente apropiada por los latifundistas. Primero con la excusa de
inundaciones a principios de 2007, y ahora sin necesidad de ninguna
excusa, la “revolución agraria” se limita por el
momento a prometer la mecanización de la agricultura campesina,
una política totalmente inadecuada para los suelos andinos, y
que sólo promete agravar la depredación de suelos y la
caída de la productividad. En noviembre de 2007 se aprueba el
Decreto 29215 que determina la expropiación con pago a precios
de mercado de 180.000 hectáreas en el Chaco chuquisaqueño
para entregar a las comunidades cautivas guaraníes .
La política del MAS, como explica Mayorga , un analista muy
apreciado por los medios de comunicación, “está
caracterizada por incertidumbre estratégica y flexibilidad táctica
por ausencia de un proyecto político elaborado de manera programática,
lo que explicaría la postura cambiante respecto al referéndum
sobre las autonomías departamentales, así como los vaivenes
respecto a la reforma educativa. Su capacidad de acción se traduce
en una enorme flexibilidad táctica que se asienta en esa elasticidad
programática. El manejo de una retórica radical (por parte
del gobierno) neutraliza la izquierda y las moderadas decisiones de
gobierno desbaratan los cuestionamientos desde la derecha, lo que le
permite ocupar una amplia franja del centro político”.
Mayorga se felicita de esta característica del MAS, porque permitiría
recuperar la gobernabilidad del Estado que se perdió en el período
de 2000 a 2005 como efecto de la movilización incontrolable de
los movimientos sociales. Efectivamente, mientras se mantiene una retórica
de nacionalización, tanto de los yacimientos de gas como de los
recursos naturales en general, por el otro lado, el gobierno se enorgullece
en publicitar las inversiones extranjeras en proyectos gigantes en minería,
como el caso San Cristóbal o el Mutún, y en haber dado
las garantías suficientes a las empresas petroleras como para
que reanuden este año las inversiones en la exploración
de hidrocarburos. La re-nacionalización del sistema de pensiones
parece haber quedado sepultada y en cambio los fondos privados de pensiones
se harán cargo del pago del nuevo bono Dignidad destinado a todos
los ancianos, proveniente de la redistribución del ingreso impositivo
de la producción de gas. Mientras tanto, de parte de las comunidades
campesinas ni siquiera es posible reclamar contra la total contaminación
e inutilización de sus tierras agrícolas por parte de
las multinacionales mineras y, peor aún, de las cooperativas
mineras.
La COD de Oruro , en cambio, considera que no existe espacio para esa
política de conciliación: “El gobierno de Evo Morales
surgido como consecuencia de las luchas sangrientas del pueblo contra
la oligarquía, tiene como base de su política la concertación
y la convivencia con el enemigo de clase, compuesto por los pocos ricos
de este país, culpables de la pobreza, atraso y desempleo en
nuestro país… En ese sentido, su política de pactos
con la derecha que terminaron en acuerdos de claro retroceso para el
pueblo, como se puede advertir en la Ley de convocatoria a la Asamblea
Constituyente y los acuerdos de la suprapartidaria, entre otras, nunca
conformarán a la clase capitalista, detentadora del poder y de
los gobiernos durante la casi totalidad del período republicano,
así como también no serán solución definitiva
a los problemas de nuestro pueblo empobrecido aunque mayoritario”.
La emergencia de la COD de Oruro y de una fuerte dirección clasista
en Huanuni, que se han puesto claramente del lado de las organizaciones
y pueblos indígenas campesinos, de alguna manera ha disminuido
el margen de maniobra del gobierno y le ha obligado a inclinarse un
poco más hacia la izquierda, de manera de evitar que la dirección
obrera en emergencia le gane las espaldas. Eso explica que estos últimos
días el gobierno cada vez hable de forma más pesimista
sobre la posibilidad de un acuerdo con los prefectos derechistas. La
estrategia del gobierno de establecer un acuerdo político con
los empresarios que de alguna manera convierta al MAS en su propia expresión
política no es hueca. La bonanza de los altos precios de las
materias primas, que ha permitido cuadruplicar los ingresos por exportaciones,
lo permitiría. Lo demuestran también las cifras de las
entidades financieras. Las reservas internacionales del Banco Central
se han duplicado en un año. Los depósitos en moneda nacional
en la banca se han incrementado de la misma manera y la cartera de préstamos
también ha crecido en 60% . ¿Por qué, en tal situación
de bonanza, aún es difícil un acuerdo y cuál parecería
ser el proyecto estratégico del empresariado boliviano y la derecha
que lo representa?
La lucha por la hegemonía y el traslado del eje geopolítico
boliviano
Desde octubre de 2003, cuando Sánchez de Lozada y su gabinete,
poco antes de huir del país, especularon con la posibilidad de
trasladar su gobierno –y por lo tanto la sede de gobierno–
a Santa Cruz, se dio nuevo impulso a lo que se dio en llamar las luchas
regionales. Desde que se impone la “Agenda de Octubre”,
cuando Carlos Mesa, inesperadamente para todos, acepta como parte de
su programa de gobierno la convocatoria a una Asamblea Constituyente,
empieza en serio el intento de trasladar la capital fuera de La Paz.
Es un hecho que el cerco de los movimientos sociales indígenas
a La Paz, establecido en octubre de 2003 y que luego se repite en mayo-junio
de 2005, no fue hasta ahora derrotado. Es más, está pendiente
aún sobre las cabezas del sistema político como una espada
de Damocles. Tanto en octubre de 2003 como en mayo-junio de 2005, con
el antecedente de la crisis de febrero de 2003 que llevó al enfrentamiento
armado entre policías y militares, el Estado está en una
crisis que se debe, en buena medida, al cerco que han establecido los
movimientos sociales sobre el gobierno y sobre su sede geográfica.
El levantamiento social paralizó entonces al gobierno y al aparato
estatal en su conjunto. La subida al gobierno de Evo Morales –un
logro que es el resultado directo de las luchas populares pero en gran
medida hay que atribuirlo a la estrategia de la Iglesia para neutralizar
esas luchas– parece haber logrado un cuarto intermedio en las
luchas sociales. La gente tiene cierta esperanza de que este gobierno
“arregle” las cosas, aunque mantiene su vigilancia.
Dado que los sectores claves del aparato productivo nacional (la energía,
la minería, las telecomunicaciones, la tierra, los bosques, los
bancos, la prensa y la televisión) están en manos de multinacionales
o de sus socios los sectores empresariales, latifundistas y/o lumpen
burguesía boliviana, es poco lo que se presume que el gobierno
pueda hacer, a más de sanear las finanzas del Estado elevando
la recaudación impositiva. Esto último se lograría
a través de la llamada “nacionalización de los recursos
naturales” que modifica los contratos petroleros existentes –que
nunca fueron anulados– de manera que el Estado perciba mayores
ingresos por la explotación del gas. Se suponía que la
Asamblea Constituyente era el escenario para cambiar radicalmente la
situación generada por la privatización de las empresas
y recursos del país, pero el propio gobierno se encargó
de trabar al máximo esa posibilidad acordando con la derecha
una ley de convocatoria que transformaba lo que debía ser un
espacio de poder político fundacional y soberano en un ente ineficaz
para hacer las transformaciones necesarias, subordinado al aparato político,
judicial y administrativo establecido del Estado.
Peor aún, el gobierno ha permitido que la derecha ponga como
condición para la realización de la Asamblea Constituyente,
la previa realización de un referéndum autonómico
vinculante. Este referéndum determinó que cualquier departamento
donde haya sido aprobada la pregunta sobre autonomía departamental
con una mayoría simple, se transforma en autónomo, una
vez que se promulgue la nueva Constitución. Los constituyentes,
tanto por la ley de Convocatoria a la Asamblea, como por el texto de
la ley de referéndum, están obligados a avalar el resultado
positivo de esa votación en un departamento, aunque la opinión
nacional mayoritaria se demuestre en contra.
¿A qué apunta ese proyecto autonomista? ¿Acaso
apunta a la disgregación nacional? Lo mismo se decía cuando
se estaba librando la Guerra Federal que tuvo lugar en Bolivia en 1899.
Sin embargo, el triunfo de los federalistas no derivó en el establecimiento
de un sistema federal, sino en el traslado de la sede de gobierno a
La Paz y el establecimiento de un sistema de gobierno centralista.
El interés actual del empresariado que respalda esta propuesta
autonomista se expresaría en dos posibles salidas:
a. La salida política mínima a que aspiran consiste en
que efectivamente no logran derrotar a los movimientos sociales durante
todo o parte del gobierno de Evo Morales y se ven entonces en la necesidad
de atrincherarse temporalmente en la sede de Santa Cruz, pero con prerrogativas
y competencias que les permitan manejar la parte más jugosa del
presupuesto nacional y aspirando también a manejar de la forma
más directa posible –según las relaciones de fuerza
que logren para la Asamblea Constituyente– los recursos naturales
que ya sabemos: la tierra, el agua, los bosques, los recursos del subsuelo.
b. La máxima, consiste en lograr derrotar o confundir lo suficiente
a los movimientos sociales para comenzar a trasladar, de hecho o de
derecho, la sede de gobierno a Santa Cruz. Ese proceso puede comenzar
bajo una apariencia de descentralización, o de traslado de organismos
autárquicos o semiautárquicos, como por ejemplo YPFB,
u otras entidades de gran peso económico a Santa Cruz. Aunque
lograran solamente la autonomía, ya se estaría empezando
a aplicar de hecho el traslado paulatino de la sede del gobierno nacional
a Santa Cruz. Pero si la derecha lograra dividir y desmoralizar lo suficiente
a los movimientos sociales, es posible un cambio rápido de escenario
geopolítico. Esto puede efectivizarse si acorralan y reducen
a la impotencia al gobierno de Evo Morales y le obligan a servir simplemente
de administrador eficiente de un modelo neoliberal maquillado de populismo,
sin ninguna transformación de fondo. Por ejemplo, sin que se
logre la reversión de una porción significativa de los
50 millones de hectáreas de tierras ilegalmente distribuidas
desde la Reforma Agraria de 1953 entre la nueva oligarquía. En
la medida que el gobierno –para sostenerse en el sillón–
deba acudir a la desmovilización y a la división de las
organizaciones que lo apuntalaron para que gane las elecciones de 2005
y 2006, el mismo gobierno serviría como instrumento para lograr
ese fin. La deslegitimación del gobierno lo volvería cada
vez más débil y cada vez más vulnerable a las presiones
de las camarillas empresariales y mafiosas, hasta que lo obliguen a
rendirse y aceptar, él mismo, cambiarse de sede. Ese sería
el proyecto estratégico del empresariado latifundiario y sus
aliados mafiosos y petroleros.
Por supuesto, no apuntamos a que la “burguesía esmirriada”
y sus mafiosos se salgan con la suya y logren establecer este escenario
político que describimos arriba; por el contrario estamos seguros
de que los movimientos sociales sabrán derrotarlos a tiempo.
Pero nuestro análisis pretende alertar contra sus verdaderas
intenciones, que no se quedan en la autonomía departamental.
Hay una forma para que los movimientos sociales, acompañados
por aquellos que desde el gobierno están de su lado, puedan neutralizar
esa estrategia y ganarles la batalla actual. Esa forma es, dicho de
manera llana, revertir los latifundios.
Las implicancias civilizacionales del proceso actual
La crisis de Estado que se presenta en Bolivia nos obliga a utilizar
un término un poco desgastado: aquello de “el eslabón
más débil”. Efectivamente Bolivia es, quizás,
uno de los eslabones débiles del sistema hegemónico establecido
por la civilización occidental capitalista en todo el planeta.
Un sistema que ha establecido como pivote de su dominación política
a los Estados-nación. No hay duda de que estamos ante un período
de declinación hegemónica, pero ¿de qué
tipo es esa declinación hegemónica?
Nadie, ni siquiera al interior del gigante imperialista , se atreve
a dudar de que los Estados Unidos hoy atraviesan una crisis de hegemonía,
pero hay poco acuerdo sobre el significado de esa crisis. Otros gigantes
imperiales han caído antes. Recordemos cómo el imperio
inglés se ha desmoronado en la Segunda Guerra Mundial, pero ya
hoy las características de la declinación hegemónica
han cambiado fundamentalmente. En ningún momento, durante el
proceso de relocalización del eje geo-hegemónico mundial
que se traslada desde Inglaterra hacia los Estados Unidos, se había
puesto en duda el sistema civilizatorio occidental mismo. Por el contrario,
la reconstrucción de Europa, pero sobre todo el movimiento anticolonial
y nacionalista de la post guerra, comenzando por la independencia de
India y siguiendo por la descolonización de África se
realizó siguiendo el modelo de “modernización”.
En estos últimos casos, conducidos por las burguesías
nacionales del Tercer Mundo, proponían un desarrollo capitalista
basado en la “sustitución de importaciones”; hasta
ahí nomás llegaban. También fue en ese período
de transición interimperialista que se generó un vacío
temporario de poder o, más bien, un período en el que
las burocracias estatales mantuvieron su lealtad a los antiguos jefes
imperiales, y así surgieron los movimientos nacionalistas en
Latinoamérica, con fuerte arraigo en las burocracias militares
y a los cuales se adhirió un sector importante de la clase obrera.
Recordemos el peronismo, el APRA en Perú, Vargas en Brasil, MNR
en Bolivia, etcétera, todos del mismo período de finales
de la Segunda Guerra Mundial teñidos de discurso antiamericano
pero, al menos en algunos casos, muy sospechosos de conducta pro inglesa,
y que finalmente debieron ceder sin pena ni gloria ante el avance de
los capitales americanos. Los años cincuenta se caracterizan
porque entonces llega a su mayor auge el ciclo de expansión civilizatoria
de la modernidad capitalista occidental: todos los países quedan
integrados en la red de los Estados-nación que forman el mercado
mundial capitalista. Es probable que incluso los países de la
llamada esfera socialista, después de la Segunda Guerra, hayan
quedado también semiintegrados en esa red, a consecuencia del
propio proceso de regresión burocrática en que estaban
sumidos. La lucha nacionalista revolucionaria entonces se entendía,
paradójicamente, como la construcción de “verdaderos”
Estados-nación, es decir, se acudía a la utopía
de naciones “independientes” y “desarrolladas”
según el mismo modelo que planteaba el imperialismo.
El actual período se caracteriza no solo por una creciente competencia
interimperialista, existiendo de hecho ya tres grandes bloques que se
disputan esferas de influencia económica, sino por una declinación
civilizacional. El capitalismo a escala mundial ha sufrido una regresión
que la clase obrera vive en carne propia: se ha vuelto al capitalismo
salvaje, primitivo, al capitalismo basado en el trabajo a domicilio
y otras formas que ahora ya no es el pequeño capitalista emergente
el que las usa, sino el gran capital transnacional consolidado a escala
global. Como consecuencia de esa regresión histórica la
clase obrera se ve en disgregación física y políticamente
y no se avizora el camino para su recuperación. Si bien hay grandes
huelgas en los últimos tiempos, las realizan básicamente
los obreros estatales, como es el caso de los sindicatos del transporte
en Francia, Alemania y Hungría, porque la industria misma se
ha vuelto trashumante. Pero en el nudo de la declinación se encuentra
el problema de la crisis de legitimidad del Estado-nación. Desde
el mismo momento que la civilización capitalista global basada
en la red de estados nación se extendió por todo el planeta
y dominó todo el mundo, comenzó su declinación.
El Estado-nación, por otra parte, dejó de ser garante
del nivel de vida de la población y se convirtió en el
garante de la expansión del capital, exclusivamente. Y entonces
sucede algo aparentemente contradictorio.
La gran amenaza que desafía al Occidente pareciera que ya no
es el fantasma del comunismo, y ahora es retratada como el fantasma
del “fundamentalismo” y el “terrorismo” islámico.
El desafío que plantea el islamismo propone un tipo de civilización
que ataca las bases del individualismo burgués que domina nuestra
cultura. Aquí me incluyo, como incluyo a la mayoría (¿la
totalidad?) de los marxistas occidentales que hasta ahora no han sabido
dar una mínima respuesta a este nuevo proceso global, por más
que ya lleva cerca de treinta años en expansión, desde
la revolución iraniana. Lo paradójico es que a la crisis
del capitalismo como civilización también le sucede la
crisis del “comunismo real”, de los socialismos en un solo
país, construidos sobre el modelo de la industrialización
forzada. Entonces, al desafío islamista contra esa civilización
liberal individualista que nos ha penetrado hasta los huesos, se suma
la emergencia indígena que recorre Latinoamérica. Hasta
ahora esa emergencia ha dado pasos tibios y a tropezones, sin encontrar
un camino independiente. Cuando se ha encontrado en posición
dominante, como ha sido octubre de 2003, la corriente que supuestamente
representaba los intereses de campesinos indígenas ha rehuido
ese propio camino, ha vuelto a asumir la ruta de los derrotados, en
este caso de los neoliberales que estaban en plena huída. Para
peor, se disfrazan de nacionalistas y llegan al extremo de reivindicar
el Estado-nación colonial y su soberanía, es decir, los
supuestos representantes del movimiento indígena terminan negándose
a sí mismos. Hasta ahora no ha surgido una corriente indígena
latinoamericana con el suficiente coraje como para plantarse y asumirse
como alternativa civilizatoria y reclamar la devolución total
de la soberanía al pueblo, a los pueblos. Sin embargo, cuando
los pueblos indígenas se sientan a deliberar surgen espléndidas
ideas como las que dieron contenido a la propuesta de Constitución
que elaboró el Pacto de Unidad de las organizaciones indígenas
originarias campesinas de Bolivia. Esa experiencia nos demuestra que
es posible una respuesta a la crisis civilizatoria. Es la hora ya de
crear un frente indígena y obrero que recupere esa extraordinaria
experiencia y se plantee desterrar de una vez la corrupta cultura liberal
capitalista, incluida su versión seudo-nacionalista.
Bibliografía
MAYORGA, Fernando, 2007, Encrucijadas: ensayos sobre democracia y reforma
estatal en Bolivia, CESU-UMSS Edition, Cochabamba, Gente Común.
UDAPE, 2006, Economía y Política Económica 2006."
La Paz: Unidad de Análisis de Políticas Sociales y Económicas.
ZAVALETA M, Rene, 1987, El Poder Dual, Cochabamba, Los amigos del libro.