Reflexiones insomnes tras la lectura de "El sueño de una
cosa " (introducción al poder popular) y tras largas horas
de charla cotidiana con su autor, Miguel Mazzeo
Sebastián Rodríguez
La búsqueda de la utopía que emprende Miguel tiene un
piso de realidad en el terreno de la militancia. Esa utopía que
comienza a negarse a sí misma, porque empieza a cobrar forma
en un concreto, esa utopía que ya no es un “no lugar”,
esa utopía que es el poder popular
Primera parte:
Quizás sea interesante aclarar dos puntos fundamentales sobre
este ensayo. El primero es una aclaración en cuanto a las formas
y formalismos. No hay otra manera de plasmar este costado al cual intento
acercarme, que no sea a través de un lenguaje coloquial, llano
y sin vericuetos protocolares, que últimamente, pienso, sólo
persigue la finalidad de delimitar un campo de específica injerencia
profesional. En este sentido, y como resultará obvio, este escrito
está fundamentalmente pensado (y no solamente realizado) en primera
persona. Algo sin duda inusual para el medio académico en general,
pero que involucra la evidencia de un elemento que suele estar ausente
en la mayoría de los trabajos ascépticos que se ponderan
en el campo intelectual como modelos del “correcto escribir”.
Es, claro, la arista relacionada con la cuestión subjetiva, sensitiva
si se quiere, vivencial, del autor.
Para ser más claro, este texto, más que hablar de, o
comentar un libro, tiene que ver con lo que la lectura de ese libro
generó –y continúa generando– en quien esto
escribe. Además de lo que propone el libro en sí, la lectura
de la obra de <a Miguel
Mazzeo despierta –o despabila, más bien–
cada vez más la necesidad de reflexionar sobre ciertos formalismos,
ciertas restricciones del campo académico y ciertas lógicas
de pertenencia y exclusión de los círculos consagratorios
en el nivel profesional. Este texto habla entonces de Miguel, de lo
que implica empaparse de la obra de Miguel, y también, aunque
menos, del último trabajo de Miguel.
Algún agudo inquisidor se preguntará, quizás,
qué interés tiene esto, cuando lo que usualmente se busca
en un comentario crítico, reseña, o como se llame, es
la referencia al texto en cuestión, más que las opiniones
personales del reseñador, tanto sobre el libro como sobre otros
temas no tan directamente vinculados y que se desprenden tangencialmente.
Esto, obedece a una serie de cuestiones que podría resumir de
la siguiente manera:
Número uno: no hay mucho más que decir para sintetizar
el trabajo de Miguel, que lo que el propio Miguel afirma en las primeras
páginas de <i>El sueño de una cosa</i>. Ni
que hablar de la inmejorable síntesis de argumentos y contextos
que presenta el prólogo de Sergio Nicanoff. Allí se condensa,
en pocas líneas, el hilo de la trama, el trasfondo y el posicionamiento
político, como también la “cocina” de los
pensamientos vertidos en el libro. Cualquier agregado no solo sería
redundante sino, peor aún, implicaría bastardear lo que
otros han hecho ya de manera inmejorable.
Número dos: en la misa línea de justificación,
extraer la escencia de los pensamientos de Miguel para intentar desplegar
alguna reflexión derivada, –más o menos inteligente–
daría como resultado probable un comentario deslucido frente
a lo vertido en el epílogo del <i>El sueño...</i>
de manera impecable por Rubén Dri. Realmente sería de
una actitud inadecuada intentar rizar el rizo y poco procedente querer
pecar de originalidad ante una reflexión que se destaca por su
exactitud, claridad y contundencia.
Número tres: en el afán de no reiterarme a mi mismo,
tampoco me interesa aquí entreverarme con los argumentos de Miguel,
ni mucho menos señalar desacuerdos teóricos o del cariz
que fuere. Primero porque ya fue esa la forma que tomó un comentario
que hice para <i>Periferias </i>sobre un trabajo anterior
de Mazzeo (<i>¿Qué no hacer?</i>, publicado
por Antropofagia en 2005). En aquélla oportunidad, cometí
la imprudencia de desoír la propuesta del autor del libro, para
internarme en un debate infructuoso, bizantino, y que contribuía
a diluir el verdadero objeto al que apuntaba Miguel. Huelga aclarar
que poco importaron y menos aportaron mis críticas teóricas
a un texto eminentemente sustentado en la praxis militante. Pero en
segundo lugar, –aunque esto es algo que debería figurar
como la premisa básica de este escrito–, antes que nada,
Miguel es un amigo y –por si no bastara– alguien de quien
yo aprendo permanentemente. Y si de algo estoy convencido últimamente,
es que a los amig
os no se los critica por el solo hecho de cumplir con la formalidad
pseudo intelectualoide, de que todo comentario debe ser, si pretende
guardar un dejo de objetividad, medianamente crítico. Pareciera
ser que la fórmula de hablar bien del libro de un amigo debiera
ir rodeado de ese cierto aire de “crítica constructiva”
para que el comentario sea tomado en cuenta.
En este sentido, más allá de haber cumplido ese requisito
–sin demasiado sentido– en mi comentario sobre ¿Qué
no hacer?, no encuentro muchos otros señalamientos que hacer
ya frente a la obra de Miguel, mucho menos aún de su último
trabajo. Por lo tanto, este ensayo sólo intenta reflejar lo que
El sueño de una cosa me ha dejado a mi, y lo que creo que tiene
para obsequiar a quien esté dispuesto a empaparse del sentido
profundo de todas sus palabras.
El segundo punto aclaratorio de los dos que mencioné al principio,
se refiere a la definición del género de estas líneas
–definición que cobra importancia cuando la misma se desprende
de reflexiones disparadas por El sueño de una cosa– y sobre
esto conviene ser categórico: esto no es una reseña de
un libro. Aún cuando las líneas que siguen intentan “conversar”
con el lector sobre la base del último trabajo de Miguel Mazzeo,
esto, recalco, no es una reseña.
Básicamente porque el modelo “reseña” parte
–no siempre, pero usualmente– de dos posibles escenarios:
el primero puede ser que quien lee la reseña lo hace justamente
porque no ha leído el libro, y se acerca primero a ésta
para no tener que hacerlo. En este sentido, las reseñas son muchas
veces un gran logro del campo profesional que tiene como finalidad última
ahorrar el valioso tiempo de los intelectuales consagrados. De hecho,
el formato estipulado para una reseña es que esta debe dar cuenta
de la estructura del libro (cantidad de apartados, capítulos,
paratextos en general, editorial, etc.) y de las líneas argumentales
principales. Además, debe señalar si el libro cumple con
lo que promete, y si es sólido a la hora de probar lo que afirma.
Por último, puede también incluir alguna opinión
personal del reseñador, si es que su estatura académica
así lo amerita, haciendo que no solo sea interesante para el
lector (de la reseña, claro) saber si vale el esfuerzo aproximarse
a lo
s argumentos del libro en cuestión, sino también ilustrar
sobre qué es lo que opina tal o cual intelectual de renombre
sobre ese libro y esos temas.
Ese intelectual, eventualmente, sentenciará sobre lo fructuoso
o no de abordar el libro, haciendo un balance del costo del tiempo invertido
en la lectura en relación con el beneficio obtenido luego de
ella. Si el libro lo amerita, se nos invitará con énfasis
a leerlo, si no, seremos exceptuados de realizar la travesía.
En síntesis, en esta primera suposición, las reseñas
se hacen para que se nos diga si nos conviene o no leer ese libro. No
en vano, como me señalara oportunamente un representante con
honores del campo intelectual, las reseñas deben ser, ante, todo,
“eficientes”.
En otro escenario posible, las reseñas presuponen que el libro
ya ha sido leído por quien lee la reseña, por lo cual
esta no deberá dar cuenta de la estructura del libro ni de sus
argumentos, sino que irá directamente a entreverarse en algún
debate sobre lo que ese libro propone o afirma. Este formato es quizás
más interesante, pero por definición, deja de ser una
reseña, porque no habla del libro, sino con el libro. Por lo
general –aunque no siempre es el caso– estos debates están
teñidos de un fuerte sesgo endogámico y no buscan más
que reforzar esa impenetrabilidad de ciertos espacios intelectuales
o políticos, refutando argumentos con el fin de acumular para
tal o cual causa. En el caso que el debate sea amistoso, difícilmente
contribuirá a sumar lectores para el libro original que no entiendan
los códigos sobre los que se fundamenta la discusión.
Entonces, ¿qué queda por hacer a la hora de comentar
un libro, sin caer en los moldes señalados? Bueno, antes de hablar
directamente del libro o con el libro, podemos entonces hablar de Miguel
y de lo que este libro –y su obra en general– guarda en
su seno como potencialidad disparadora. Parte de eso es toda esta disqusición
sin aparente conexión con <i>El sueño...</i>
Si en estas primeras líneas comencé haciendo referencia
a cosas no vinculadas directamente, en realidad, algunas de las molestias
propias y sensaciones encontradas en relación con el campo profesional,
están simbióticamente alimentadas e inspiradas en el ejemplo
trazado por la figura intelectual de Mazzeo, y por el trabajo concreto
que él ha sabido realizar en su exilio –autoimpuesto, pero
también infligido como penalización a su constante irreverencia.
Si en líneas generales –con sus honrosas excepciones, para
ser justos– la “academia” tiende hacia esa “trabajada
nadería” que el propio Mazzeo ha sabido definir
con ironía imperdonable, y representa muchas veces un verdadero
“camión de tedio”, es porque se las ha arreglado
para expulsar de su seno a gente de las más variadas disciplinas,
comprometidos con la praxis y con la militancia política y que
no persiguen, además, ningún beneficio personal o corporativo.
Esto, aún a costa de perder la posibilidad de recibir en sus
venerados brazos a gente con la talla intelectual de Miguel.
Un amigo y compañero de discusiones me señaló
una vez y con mucha justeza, que en este mundillo cargado de mezquindades
que es el campo profesional, existen básicamente tres líneas
posibles de acción: la inserción plena, que pasa por recorrer
con disciplina y abnegación el cursus honorum</i> preestablecido,
nutrir y engrosar el currículum y llenar planillas eficientemente;
la segunda vía, la “semi marginal”, es decir, la
de la oposición al campo, pero tolerada y en buena medida alentada
por el propio campo; y por último la “vía Mazzeo”,
la que se inspira –como él mismo gusta de definirse–
en el autodidactismo aplicado y consecuente, obsesivo por momentos y
que se vuelca en forma torrencial hacia una producción masiva
por su cantidad, pero diferenciada, sutil y original cada vez. En este
sentido, Miguel persigue a paso firme una utopía que parece esfumarse
más y más, y tiene que ver con el rechazo de la mercantilización
de las relaciones humanas y de la mercenarizaci
ón de los espacios de saber, tomando una opción independiente
de las camarillas, de las planillas burocráticas, de los subsidios
que hipotecan muchas veces la ética y de los caudillismos, todos
elementos básicos a la hora de definir el funcionamiento de las
instituciones de investigación y educación.
La obra de Miguel está impregnada de esta vía independiente,
con todas las implicancias que esto tiene. No hacer un posgrado inconducente
por el solo hecho de avanzar en el escalafón nobiliario, por
ejemplo, y autocondenarse a la “tercera vía” –la
vía Mazzeo, que poco tiene que ver alguna reminiscencia populista
del término– deja de ser, en la trayectoria de este intelectual,
una opción. Miguel piensa, escribe y milita en forma casi compulsiva,
porque hay detrás de su trabajo una ética que lo impulsa,
que tiene que ver con defender la sustancia, en un sentido profundo.
Claro, esto tiene su precio y en una profesión donde la producción
se mide por la cantidad de casilleros rellenos en las planillas institucionales,
donde la producción intelectual no cotiza, y menos aún
la coherencia de la unidad entre teoría, pensamiento y praxis,
en ese mundo de transacciones mercantiles, el precio se paga con el
cuerpo.
Segunda parte (que afirma que las segundas partes a veces son mejores):
reflexiones sobre y entre “sueños”
Nótese que en lo que va de este ensayo, me he referido a la
obra de Miguel, y no solamente a su último libro. No se trata,
obviamente de un recurso sintáctico, para no repetir palabras.
Esto es porque El sueño de una cosa es inescindible de sus escritos
anteriores –mucho más claramente de ¿Qué
no hacer?–, pero más aún, de una coherencia que
se vislumbra claramente en la cotidianeidad política e intelectual
de este prolífico escritor. Lo que Mazzeo plasma es una línea
de pensamiento signada por una particular intensidad, fruto de desvelos,
obsesiones y preocupaciones de notoria profundidad. Definir una obra
tiene que ver con que la misma es resultado de esa rareza de la intelectualidad
contemporánea, que señala una comunión entre pensamiento
y praxis, donde la dialéctica entre la cabeza del escritor, la
pluma y la acción militante cobra verdadero sentido. Digo rareza
porque parece ser que se trata de una especie en extinción, que
uno fácilmente reconocería en nombres de
otra generación –llámense Osvaldo Bayer, o el mismo
Rubén Dri– pero que no tienen demasiadas piezas de recambio
en la intelectualidad de mediana edad. Es también allí
donde la figura de Mazzeo cobra un valor inusual para los tiempos que
corren.
En El sueño..., Miguel continúa, sí, sus trabajos
anteriores, pero con la calidad y la originalidad intacta. No se repite,
profundiza, debate sus propios argumentos y los pone a prueba paseando
de manera novedosa por tópicos trazados de antemano. Es propiamente
la cualidad de una “obra”, el hecho de mantener una coherencia
propia, de hacernos sentir que ya sabemos de qué nos hablará
antes de leerlo, pero al mismo tiempo que nos hace sentir confiados
de la sorpresa que llega con la novedad de sus argumentos y con los
lugares que recorre.
Nuevamente el eje de su disputa es para con la izquierda ortodoxa,
momificada en viejos manuales de dudosa aplicación, y también
con la izquierda de más reciente aparición, que partiendo
de la misma crítica a los partidos tradicionales encuentra en
la vía del autonomismo fundamentalista la vía de “escape”
de la sociedad capitalista. Miguel recupera estos debates ya planteados,
contesta a interpretaciones descontextualizadas y tendenciosas sobre
<i>¿Qué no hacer?</i> y lleva sus argumentos
a nuevos límites postulando la necesidad de una “nueva-nueva
izquierda”, o mejor dicho, una izquierda por venir. Una izquierda
que no ilumine desde la externalidad de la clase a quien interpela,
que sepa evadir la reconstitución del poder burgués de
cuño populista y que no contribuya a la desorganización
de las masas.
Un paso más allá de su libro anterior, Mazzeo comienza
a trazar una agenda de tareas por hacer, donde el problema del poder
ocupa un lugar de ineludible centralidad. La vía de resolución
pasa entonces por pensarlo como una instancia de poder superadora, y
no opresora, que se afirma en la necesidad de la construcción
del poder popular, donde la base de la construcción de ese poder
incluye a la clase obrera, pero engloba a un sujeto social más
amplio, liberándolo de fines y trayectorias prefiguradas teleológicamente
de antemano.
En este camino, Miguel va de lo general a lo particular, y se detiene
a reflexionar sobre la dialéctica sujeto-objeto, la contradicción
inmanente entre lo particular y lo universal que encarnada en la díada
amo-esclavo le sirve como punto de partida para afirmar que la única
vía posible de transformación y superación a modo
de síntesis, es la que salda la –hasta ahora– encerrona
del “poder como medio para un fin” vs. el “poder como
medio sin fin”. Como lo llama el mismo Mazzeo, ni “poder
sin amor”, ni “amor sin poder”.
Mucho más asertivo que en trabajo anterior, Mazzeo arriesga
aquí una serie de premisas que dan cuenta del crecimiento y la
repregunta permanente sobre estos temas. Además, y haciendo gala
de su ya conocida erudición libresca e histórica, Miguel
piensa distintas realidades desde el prisma del poder popular y se sumerge
en el caso chileno de los setenta, que aparece como el laboratorio donde
se someten a prueba muchos de los argumentos vertidos en el trabajo,
y de donde se extraen conclusiones de aplicabilidad a nuestra realidad
actual.
La Teología de la Liberación tiene también mucho
que hacer y qué decir en este camino de la construcción
del poder popular. La influencia indiscutible de este movimiento obliga
al autor a la consideración de sus argumentos a la luz de la
experiencia histórica trazada en los pueblos de “nuestra
América” por la decodificación del mensaje cristiano
tan particular por parte de este sector de la Iglesia tercermundista.
El aporte y la imposibilidad de ignorar la influencia que ha tenido
y tienen sus postulados, coloca a Miguel en la necesidad de pensar en
los puntos de intersección entre la organización política
de las masas y la incidencia de la Teología, con miras a la construcción
de movimientos que se planteen la vía de la autoorganización
no condenada a la situación insular. La articulación aparece
así en la noción de diakonía, que para Miguel es
un concepto asimilable a la consigna zapatista que surge como un cimiento
para la construcción del poder popular: el “mandar
obedeciendo”.
Pero más allá de los ejes por los que discurre la retórica
del autor, quizás uno de los puntos más interesantes del
trabajo pasa por su condición de realización. A diferencia
de otros escritos anteriores, El sueño de una cosa inaugura un
proyecto editorial colectivo y popular –que no en vano se denomina
justamente así, "http://www.lahaine.org/index.php?blog=5&p=23524">El
colectivo</a></i>– que es punto de llegada y a la
vez de inicio de una experiencia compartida de militancia y discusión.
Punto de llegada porque surge después de años de lucha
en un espacio común entre compañeros que suscriben acuerdos
básicos con el autor, pero fundamentalmente punto de partida
para proyectar esa discusión hacia espacios más amplios,
en la perspectiva de la construcción política y cultural
que se plantea en el libro. Primer ejemplar de una serie de trabajos
generados en este contexto, El sueño... rechaza furiosamente
toda filiación mercadocéntrica y enfatiza la n
ecesidad de que la cultura, el pensamiento y la búsqueda de beneficios
marcan una contradicción sin resolución posible. La construcción
del poder popular, base, herramienta y fin de la transformación
social sólo puede cimentarse sobre la base de una lucha por la
hegemonía, y como los mismos “colectiveros” señalan,
se sabe que los libros no cambian el mundo, pero es igual de cierto
que hay libros que cambian más que otros.
Es en este sentido que Miguel se constituye en ejemplo como encarnación
de esa ética impregnada de lo colectivo, de aquello que él
mismo propone en sus trabajos. La búsqueda de la utopía
que emprende Miguel tiene entonces un piso de realidad en el terreno
de la militancia. Esa utopía que comienza a negarse a sí
misma, porque empieza a cobrar forma en un concreto, esa utopía
que ya no es un “no lugar”, esa utopía que es el
poder popular, única fuente potencial de transformación
y única garantía de la fecundidad de la transición.
Si la izquierda por venir debe por fuerza surgir de la construcción
de ese poder, ha de surgir entonces de los márgenes del sistema,
pero no han de confundirse los márgenes con el aislamiento y
la condición de probeta. Como señala Miguel, el horizonte
está puesto en la generación de prácticas que concilien
internamente la utopía con la realidad actual, donde esas prácticas
sean la prefiguración de la sociedad por construir, prácticas
que generen en act
o una sociedad nueva en pequeña escala, pero con proyección
y aspiración hacia la totalidad. No hay determinismos, no hay
teleología, pero como señala Mazzeo, hay un mundo que
alberga en su seno las condiciones del cambio, un mundo que está
“preñado” de otros mundos.
Si este ensayo no busca ser, entonces, una reseña, sí
es claro que quiere ser el reflejo de pensamientos viscerales nutridos
por la obra de Miguel. También persigue dos objetivos, modestos,
pero fundamentales: el primero es, claro, alentar a la lectura. Pero
el segundo tiene que ver con la exhortación a dejarse llevar
por los caminos que propone <i>El sueño</i>... y
olvidarse por un momento de la lógica individual que el acto
de la lectura aparenta entrañar. Esta debe ser, pues, una lectura
pensada también desde lo colectivo, porque está concebida
desde una instancia colectiva de la cual el autor es una manifestación
visible. Quizás la principal implicancia de los argumentos allí
vertidos sea entonces la concientización de que el individuo
no es más que una abstracción ficticia, producto del espejismo
generado por la cultura hegemónica.
Por último, para aquéllos interesados en una lectura
que cumpla con una serie de requisitos formales y académicos,
estén seguros que no van a encontrarla en este trabajo (aunque
paradójicamente, este libro reúne una serie de condiciones
en términos de obsesividad y precisión que harían
ruborizar de vergüenza a más de un intelectual consagrado
–por ejemplo, no conozco muchos autores que para escribir un capítulo
de un libro relativamente breve, hayan leído a modo de consulta
y marco teórico la Fenomenología del Espíritu completa).
Pero sí estén seguros que las provocaciones irreverentes
que surgen de las páginas del libro los obligará a repensar
y reflexionar sobre una serie de estándares y convencionalismos
en el nivel político, intelectual, profesional y por qué
no, también visceral.
Es probable que como horizonte inmediato, El sueño de una cosa
se vea cuando menos demorado en la entrada a ciertos círculos
de difusión masiva y erudita. Mucho más aún, sordo
por lo general al clamor de las reflexiones que provienen del –como
señala Miguel– “mestizaje de arte, filosofía,
política y vida”, el campo académico y profesional
se arrogará con seguridad su derecho de admisión y permanencia
para vetar un escrito tan intenso y provocador como el que nos presenta
la obra profunda de un intelectual profundo. Pero eso, lejos de ser
un obstáculo, será tal vez la confirmación de que
el sueño de este soñador está en el camino más
fecundo para que sus sueños dejen de serlo.
Publicado en La Haine