… CRISIS FINANCIERA
EN EL CORAZON DEL CAPITALISMO MCrisis financiera en UNDIAL
Crisis financiera en el corazón del capitalismo
mundial
RENAN VEGA CANTOR
La crisis financiera que afecta al capitalismo mundial,
aparte de todos los problemas sociales, económicos y productivos
que genera, tiene una consecuencia teórica, ideológica
y política que poco es mencionada y que, sin embargo, es de una
trascendencia notable. Nos referimos en concreto al fin del mito de
la globalización, tras 25 años exactos de existencia,
desde cuando la noción fue usada por primera vez por Teodore
Lewit en 1983 en un artículo sobre la “globalización
de los mercados”.
Las grandes crisis en el capitalismo, que no son una anomalía
del sistema o resultado del comportamiento errático de ciertos
individuos guiados por la codicia sino de carácter estructural,
tienen aparejadas consecuencias teóricas nada desdeñables,
como se ha puesto de presente en los últimos quince años.
Así como la crisis de la burbuja tecnológica a finales
de la década de 1990 produjo la muerte rápida de la llamada
“era de la información” (que había sido difundida
por Manuel Castells) y el ataque a las torres gemelas del 11 de septiembre
de 2001 significó el colapso de la noción de Imperio (diseñado
por Toni Negri) y del culto a los relatos microfragmentarios, propios
del pensamiento posmoderno, lo que está aconteciendo hoy en los
Estados Unidos implica el fin del mito de la globalización.
Este mito, auspiciado por los Estados Unidos y el FMI y el Banco Mundial,
difundido por los medios de comunicación y presentado por académicos,
de derecha y algunos de izquierda, como una nueva época, como
una ley inexpugnable (con la misma significación que la ley de
la gravedad en el mundo físico) y una realidad irreversible,
ha quedado hecha añicos con la crisis financiera en los Estados
Unidos y en Europa. El mito de la globalización tenía,
por lo menos, cuatro componentes principales: el mercado, guiado por
la mano invisible, se autorregula y equilibra y por si sólo,
sin constricciones externas, produce bienestar y felicidad a los seres
humanos; para que el mercado funcione armoniosamente no se requiere
de la intervención del Estado, el que era presentado como un
obstáculo innecesario del cual, en teoría, se había
prescindido; como el Estado-nación ya no era necesario, había
sido reemplazado por poderosas corporaciones transnacionales (financieras,
comerciales y productivas), que supuestamente no tenían base
territorial definida y cuyo accionar se desplegaba sin el concurso ni
ayuda de ningún ente estatal, llevando confort y felicidad a
los seres humanos por todo el planeta; y, este sistema armonioso de
mercados libres, sin Estado, y de corporaciones transnacionales había
encontrado, por fin, la dicha perpetúa, eliminando las crisis
periódicas del capitalismo, en la medida en que se le dejara
actuar sin restricciones, es decir, sin la acción de fuerzas
perversas como las del mismo Estado, los sindicatos o cualquier otro
obstáculo antinatural que se le quisiera oponer. En términos
ideológicos y propagandistas, el mito de la globalización
se difundía diciendo que ésta era perfecta, que era una
época plena de bondades, que sólo si nos conectábamos
a los centros globales podríamos ser competitivos y eso traería
beneficios a los países y a sus habitantes y el que se quedara
desligado del tren de la globalización estaba condenado al fracaso,
que solo los conectados tendrían éxito y mil pamplinas
por el estilo.
Pues bien, en estos momentos todos los componentes de este mito se han
desmoronado, como sus cultores nunca lo sospechaban, porque no solamente
ha quedado vapuleado el neoliberalismo –entendido como la fase
de regulación que sustituyó al keynesianismo- sino la
globalización. Porque, en efecto, los cuatro elementos básicos
de la retórica de la globalización ya son cosa del pasado,
de un pasado que parece muy lejano, por la serie de acontecimientos
de las últimas semanas en los Estados Unidos, de donde han irradiado
rápidamente a Europa, Japón, China, Corea del Sur, América
Latina y otros lugares del orbe. Que el mercado funcionaba sin problemas
y que no necesitaba del Estado, una falacia que en realidad capitalista
nunca ha sido posible ni lo será nunca, hoy parece un mal chiste,
en vista de la intervención salvadora del Estado norteamericano
con la inyección de una cifra, por lo demás impresionante,
de 700 mil millones de dólares, el monto de intervención
estatal más grande en la historia del capitalismo para salvar
a un sector económico (entre paréntesis esta cifra, que
no nos cabe en la cabeza, adquiere algún sentido si recordamos
que con ese monto equivale a dos veces la deuda de los 49 países
más pobres del mundo y con el mismo se podría erradicar
la pobreza en el mundo durante dos años –porque las Naciones
Unidas considera que harían falta 300 mil millones de dólares
para superar la línea de pobreza por encima de un dólar
diario). Que el poderío económico de las corporaciones
transnacionales era tal que su fuerza económica superaba a los
Estados, y sin contar con ellos, también ha quedado demolido
en estos momentos, cuando se sabe que grandes bancos, compañías
de seguros, empresas inmobiliarias han sido salvadas por el Estado,
mediante un proceso de ayuda y hasta de nacionalización, que
algunos han llamado el “socialismo de Wall Street”, lo mismo
que ha sucedido en varios países europeos, empezando por la otra
cuna del neoliberalismo, Inglaterra. Y lo de un mercado libre de crisis,
es una quimera reaccionaria, porque al parecer la mano invisible entró
en huelga o se la amputaran al demiurgo de los economistas neoliberales,
porque tal es la magnitud de la crisis que es la más grave del
sistema capitalista desde la que aconteció en la década
de 1970 y podría llegar a ser, es una posibilidad que no puede
descartarse, similar a la gran depresión de la década
de 1930.
De tal manera que el mito de la globalización ha muerto y con
él toda una época histórica, que escasamente duró
un cuarto de siglo, tiempo durante el cual se nos anunció que
habíamos llegado al fin de la historia y a la consolidación
de un mercado mundial intocable, sin límites de ninguna clase,
y que traería dicha y prosperidad a toda la humanidad. Durante
todo este tiempo los críticos de la globalización fueron
presentados como dinosaurios que se oponían a los designios naturales
de un proceso irreversible, críticas que se aducía no
tenía ningún sentido, porque como dijo alguna vez uno
de sus plumíferos mejor pagados, el novelista Mario Vargas Llosa,
estar contra la globalización era como ladrarle a la luna.
Esto no quiere decir, desde luego, que el capitalismo vaya a desaparecer
en estos momentos. Sencillamente, uno de los mitos que éste construyó
en las últimas décadas, ya no funcionara más, como
había operado desde 1983, momento en que se acuñó
el vocablo de globalización en los círculos económicos
de los Estados Unidos. Sus objetivos, entre los que se encontraban la
expansión mundial del capital, debilitar a los Estados nacionales,
justificar la eliminación de los derechos y conquistas de los
trabajadores (como se ve en China y en todo el planeta), arrasar con
los ecosistemas, instaurar tratados de libre (sic) comercio, suprimir
cualquier idea de soberanía como inútil (alimenticia,
monetaria, productiva)... y muchas cosas más ya no podrán
seguir siendo presentados, en forma creíble, con una pretendida
globalización irreversible e indiscutible, porque eso ha sido
desmentido en los propios Estados Unidos. Por eso, hoy sólo los
cínicos o los autistamente globalizados pueden decir que la globalización
trae beneficios a todo los seres humanos y que es una pócima
salvadora para aquellos que se han sabido posicionar en el mercado mundial,
porque hasta capitalistas y rentistas de muchos países consideran
hoy como maldita la hora en que se subieron al tren suicida de la globalización
e invirtieron en el “mercado más grande y seguro del mundo”,
como se presentaba a los Estados Unidos hasta hace pocas semanas.
Por todo lo anterior, saludemos el fin del mito de la globalización,
porque ello brinda una oportunidad teórica y política
para recuperar el lenguaje crítico del capitalismo y del imperialismo,
(y por ello el espectro de Marx reaparece en estos días entre
los escombros del capital financiero) y para emprender en nuestra América
procesos de independencia económica y política, con participación
de todos los sujetos populares de tipo nacional que han sido pisoteados
durante años por todos aquellos que se presentaban como los voceros
de la globalización, que no han sido otros que los lacayos de
siempre del imperialismo estadounidense, el cual ha seguido operando,
por si habían dudas, con toda su carga de dolor y de muerte.
En concordancia, ¡si la globalización ha muerto, que viva
nuevamente el internacionalismo!