Renán Vega Cantor
En estos días ha circulado la noticia relacionada
con la crisis de las finanzas del Estado colombiano, que ha llevado
al gobierno ilegítimo a anunciar una reducción de todos
los gastos, pero especialmente del destinado a educación y actividades
semejantes. Esta situación era de esperarse, porque una política
demencial de gasto para la guerra, como la de la inseguridad antidemocrática,
es insostenible a mediano y largo plazo, máxime para un país
pobre y dependiente como Colombia. Simplemente se ha hecho público
algo que se preveía, al mirar las frías cifras estadísticas
sobre los recursos destinados a la guerra y los dedicados a la educación
universitaria, como se propone en este artículo.
1. Astronómico gasto militar
En los últimos años se nota una preocupante transformación
de la estructura de los gastos del estado colombiano, siendo su principal
característica el crecimiento desmesurado del gasto militar,
en desmedro de los gastos sociales. Algunos datos proporcionados por
estudios recientes, indican lo siguiente: entre el 2000 y 2005 el gasto
militar aumentó 78,4%; en el 2008 los gastos en defensa y seguridad
experimentaron un crecimiento del 20%, absorbiendo en total el 21.2%
de los recursos presupuestales, lo que iguala a los gastos de salud,
educación y saneamiento básico, (esto hace que Colombia
se ubique entre los tres primeros países del mundo en gasto militar
relativo, solamente superado por Israel y Burundi); el gasto militar
con relación al PIB ascenderá en el 2008 (incluyendo gastos
de Defensoría y el Plan Colombia) al 6.3 del PIB, algo absolutamente
inusual para un país pobre; esta cifra del PIB adquiere relieve,
si recordamos que el promedio latinoamericano es del 1.6% del PIB y
el de Estados Unidos es del 4%; el 81,2 del total de empleos públicos
generados por el gobierno nacional corresponde a defensa, seguridad
y policía y el 58,4 de los salarios del presupuesto central al
Ministerio de Defensa; esto quiere decir, concretamente que 8 de cada
10 funcionarios del gobierno nacional están adscritos al Ministerio
de Defensa, como personal activo de las Fuerzas Armadas y la Policía,
o como personal civil de soporte; la desmovilización o la muerte
en combate de uno solo de los miembros de los grupos insurgentes le
cuesta al Estado colombiano la alucinante cifra de $5662 millones de
pesos (cuántas escuelas podrían construirse con este dinero,
cuantos profesores se podían contratar y cuantos niños
podrían estudiar); del total de $ 4,5 billones de aumento del
gasto en inversión del gobierno nacional para el 2008, $ 3,5
billones se destinan a defensa y seguridad con un incremento de 66%
respecto al 2007; hay dos factores que gravitaran negativamente en los
años por venir en los gastos generales del Estado colombiano:
el pasivo pensional de las fuerzas armadas, al que debe dedicarse un
47% extra de recursos, y las sentencias judiciales por los crímenes
de las fuerzas militares, ya que actualmente cursan demandas en contra
del Estado por $15 billones.
Globalmente hablando, los gastos militares junto con el servicio de
la deuda absorbieron el 49.1 del presupuesto nacional en el 2007, cifra
que será todavía mayor en el 2008. Al respecto Diego Otero
señala: “En estos dos rubros está el problema fiscal,
no en los gastos de personal diferentes al militar como viene argumentándose
desde hace varios años. La solución no está en
despedir más funcionarios públicos. El nudo gordiano no
está ahí sino en el excesivo gasto militar y altísimo
servicio de la deuda externa e interna. En las soluciones a los problemas
de la deuda y del conflicto interno se encuentran las respuestas a los
problemas de las finanzas públicas y del insuficiente crecimiento
económico más que en acabar entidades, privatizar empresas,
expulsar funcionarios y hacer ineficiente el aparato estatal”.
2. Estancamiento del gasto educativo
En contraposición con el gasto militar se ha presentado una disminución
o en el mejor de los casos un estancamiento del gasto social, en el
cual se incluye el gasto educativo en general, y en particular el gasto
universitario. Es apenas obvio que si el objetivo del Estado colombiano
ha sido el de incrementar los gastos de defensa, al mismo tiempo se
observe la reducción proporcional de los gastos en educación,
salud y saneamiento ambiental. Algunas cifras nos sirven de ilustración
al respecto: El gasto público social en educación como
porcentaje del PIB en Colombia, según la CEPAL, ha tenido este
comportamiento: 2,6 en 1990, 4,8 en 1996, 4,1 en 2001, 4, 8 en 2003
y 3,7 en 2005. Este dato adquiere relevancia si lo comparamos con el
gasto militar ya señalado de 6%, pero vale la pena compararlo
con el PIB educativo de otros países: Argentina, 4,5; Cuba, 12,4;
Bolivia, 7,3; Honduras, 7,7; Nicaragua, 4,7; Venezuela, 5,0. En este
ámbito, entre 21 países de América Latina y el
Caribe, Colombia se encuentra en el puesto No. 14, superando a Chile,
Ecuador, Salvador, Guatemala, Perú, República Dominicana
y Uruguay.
Otro dato interesante es el gasto público social per cápita
en educación, que en Colombia, (expresado en dólares del
2000), era de 49 dólares en 1990, 101 en 1996, 82 en el 2001
y de 82 en el 2005. Para tener una base comparativa, es bueno decir
que en este último año (2005) ese mismo gasto per cápita
en educación era de 350 dólares en Argentina, 375 en Cuba,
229 en México, 165 en Panamá, 201 en Uruguay, 240 en Venezuela.
Otro dato revelador lo podemos ver al analizar el Presupuesto General
de la Nación del 2008, donde encontramos que, según Germán
Reyes, mirando la composición de los funcionarios vinculados
a la administración pública, de los “977.136 cargos,
566.084 serán de la nómina del Gobierno Nacional. Entre
ellos, Defensa y Seguridad (DAS, FFMM, Policía) ocuparán
el 81.2% (459.687 personas) que demandarán el 58.4% del presupuesto;
1.6% (9.092) de dichos cargos serán de la Protección Social
con un costo del 2.6% del PGN; 0.3% (1731) con un costo del 0.5% del
PGN corresponderán al sector educativo”. Por su parte,
si se suma todo “el personal que se pagará con cargo al
Sistema General de Participación -SGP-, 411.052 (327.948 educadores,
67.770 trabajadores de la salud, 15.334 docentes y administradores universitarios)
por un valor de $12.6 billones de pesos, nos permitirá sacar
la siguiente conclusión: en Colombia, por cada 1.000 habitantes,
hay 11.42 detectives, soldados o policías; 8.19 educadores; 1.69
trabajadores de la salud y 0.38 docentes o administrativos universitarios”.
Por supuesto, ¡no es muy alentador el presente y el futuro de
un país, que tiene en la nómina oficial del Estado más
policías y militares que profesores, médicos y enfermeros!
Desde esta perspectiva global, puede señalarse lo que sucede
con el sistema universitario público, el cual según Visión
Colombia 2019 prácticamente se mantiene inmodificable en la próxima
década, debido al crecimiento de la educación superior.
En esta noción genérica cabe la educación técnica
y tecnológica, a partir del supuesto erróneo que a la
universidad pública llegan los estratos más altos, que
el Estado no debe financiar, en razón de lo cual esos recursos
se trasladan a los sectores técnicos y tecnológicos. Eso
implica, en buen romance, que la Universidad pública debe auto
sostenerse y convertirse en un sector de las elites dominantes, las
que si tienen con que pagar una universidad cada vez más costosa
y privatizada. De esta manera, mientras se anuncia que la educación
técnica y tecnológica evolucionaría del 6.8% en
el 2005 al 17% en 2019 (un crecimiento del 150%), la educación
universitaria pasaría del 19% al 23% en el mismo período
(un exiguo crecimiento del 20%).
En el mismo sentido, que puede esperarse en términos de educación
de un gobierno, como el actual, cuyo primer mandatario, AUV, anuncia
esta brillante tesis: “En mi país tenemos un gran obstáculo
en contra de la educación: las drogas ilícitas. Es por
eso que necesitamos erradicar las drogas ilícitas, porque los
grupos terroristas obligan a las familias rurales a que cultiven la
mata de coca y a que no manden a los niños a las escuelas”.
¡Este es un verdadero hito en la reflexión educativa mundial,
que sin duda marcará toda una época, porque hasta ahora
a nadie se le había ocurrido algo tan trascendental y los sociólogos
y pedagogos andaban a ciegas, y perdiendo tiempo, al buscar las razones
de los problemas educativos en la desigualdad social, en la concentración
del ingreso, en la división de clases sociales o en las políticas
educativas de tipo neoliberal que aumentan la brecha entre ricos y pobres.
No ahora en Colombia, una “inteligencia superior” ha descubierto
que el problema de la educación en nuestro país –“reluciente
teoría” que de seguro será exportada al resto del
mundo- es un resultado de la coca, el gran demonio de nuestro tiempo.
Por lo tanto, para solucionar todos los problemas educativos del país
sólo basta con erradicar la coca y punto. ¡Debe ser que
por ello se destinan millones de dólares a rociar con glifosato
los cultivos prohibidos, con lo cual se estaría mejorando la
educación de indígenas y campesinos de las zonas cocaleras,
que deberían recibir como una bendición divina la lluvia
química que les envían los aviones made in usa, porque
con eso no sólo se les destruyen sus cultivos sino que se les
despeja la mente para que piensen mejor y, como favor adicional, les
quede tiempo de sobra para dedicarse a estudiar en serio!