RENAN VEGA CANTOR
“La salida de la crisis, en China y en el resto del mundo, puede
tomar dos formas: o la crisis mundial destruye masas enormes de empresas
y capitales y, mediante la desocupación masiva, reduce aún
más los salarios hasta que las grandes empresas capitalistas
sobrevivientes, aunque maltrechas, recomiencen a preparar la crisis
siguiente o, por el contrario, surge un sistema alternativo basado en
la satisfacción de las necesidades de la población, en
la producción de valores de uso, de medios de consumo, y no de
valores de cambio, de cualquier tipo de mercancías para ganar
dinero”.
Guillermo Almeyra
La crisis capitalista, tantas veces negada por los ideólogos
neoliberales, afecta a todo el mundo y, en contra de las previsiones
más optimistas, tiende a acentuarse a medida que los efectos
de la debacle financiera, que comenzó en los Estados Unidos,
se proyectan sobre todas las actividades económicas en ese país
y en el resto del planeta. Hace unos meses cuando se hizo evidente el
comienzo de la recesión, muy pocos creían que esta se
fuera a prolongar tanto y que tuviera un alcance catastrófico,
para los trabajadores y los pobres de manera principal, como el que
hoy muestra. Esto indica que se está pasando de la recesión
a la depresión, con lo cual se está empezando a vivir
una situación similar, sino peor, a la del período 1929-1939,
conocida mundialmente como la Gran Depresión.
¿Recesión y/o depresión?
En el análisis del ciclo capitalista suele considerarse la existencia
de dos momentos distintos, uno denominado recesión y el otro
depresión. El primero hace alusión a una caída
en la actividad económica de una duración relativamente
corta, menos de dos años, que aunque impacta al conjunto de las
sectores productivos se supera en forma rápida y se regresa a
una fase de recuperación sin mayores traumatismos para el capital
en su conjunto, aunque desde luego los trabajadores y los pobres si
se vean seriamente afectados. Las recesiones son muy frecuentes en la
historia del capitalismo y suelen presentarse con un ritmo periódico
cada cierto tiempo, algo así como cada 10 años o un poco
menos, aunque eso no sea completamente exacto sino indicativo.
La depresión es algo completamente distinto porque significa
un choque económico, social y productivo muy prolongado que afecta
a todas las actividades económicas de una manera brutal. La depresión
quiere decir debacle generalizada, ya que implica una caída amplia
que dura mucho tiempo, puede alcanzar una década y durante la
misma se generaliza el desempleo, quiebran todo tipo de empresas y aumenta
en forma dramática la miseria y la pobreza. Aunque desempleo,
pobreza y miseria sean características estructurales e inherentes
al capitalismo –a cualquier capitalismo a lo largo de su bicentenaria
historia-, todos ellos alcanzan una magnitud insospechada, creando las
condiciones para una quiebra civilizatoria, en la que se generalizan
las protestas sociales, pero también la represión, las
guerras, las agresiones, las dictaduras militares y el “estado
de excepción” se hace permanente.
Indicadores del paso de recesión a depresión
En estos instantes los indicadores más elementales muestran que
el tránsito de la recesión a la depresión es prácticamente
inevitable, con lo cual queda demostrado que las crisis productivas
en el capitalismo son objetivas (reales y no imaginarias), como resultado
de las contradicciones internas e insuperables de este sistema (tal
como la caída de la tasa de ganancia y la apropiación
privada de la riqueza social) y no son resultado de la mala o buena
voluntad de este o aquel empresario o especulador capitalista. Por lo
mismo, las crisis no pueden ser superadas con una intervención
tardía de los gobiernos para tratar de salvar a algunas empresas
o sectores económicos y por ello los “remedios” que
en este momento intentan aplicar los gobernantes de los Estados Unidos,
Francia, Alemania, Inglaterra, España, Japón y China se
muestran terriblemente ineficaces e inadecuados.
Ahora bien, de manera somera recordemos algunos de los indicadores de
la crisis para sustentar porque razones estamos pasando de recesión
a depresión, como quien dice de castaño a oscuro o de
Guatemala a Guatepeor. Debe comenzarse por el desempleo, tal vez el
indicador más revelador de lo que está sucediendo. El
desempleo alcanza niveles dramáticos en todo el orbe: en Estados
Unidos desde hace septiembre de 2008 se están despidiendo un
promedio de 600 mil trabajadores cada mes; en las grandes ciudades de
China hay 30 millones de personas desempleadas; en España, otrora
ejemplo del milagro económico de “libre mercado”,
la tasa oficial de desempleo se acerca al 20%; y en Colombia, a pesar
de los falsos positivos estadísticos (un eufemismo para referirse
a las mentiras del uribismo) el desempleo es el más elevado de
toda latinoamericana, siendo superior al 14% y eso sin contar con que
esta cifra ya de por sí es mentirosa.
En cuando el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) anual las
cifras también son contundentes: el total de países capitalistas
altamente industrializadas experimentaran en este año una caída
generalizada del PIB como no sucedía desde 1945; Japón,
una de las primeras potencias económicas del planeta, ha tenido
una caída en su PIB del 12,7% anual, algo que no vivía
desde hace 35 años; en China, el nuevo taller del mundo, se anuncia
que la tasa de crecimiento de su economía caerá a la mitad
de lo registrado el año anterior, pasando del 12 al 6% ; el conjunto
de países de América Latina también muestran una
caída en el crecimiento del PIB, hasta el punto que el Banco
Mundial cambia mes a mes los vaticinios sobre la región, pasando
de predecir un crecimiento de 2,7% primero, luego de 1% y en su último
calculo anunció que la región decrecerá en un 03%;
en Colombia el PIB el año anterior no llegó al 7% previsto
y escasamente alcanzo un magro 3%.
Un tercer aspecto tiene que ver con la quiebra de empresas, algo que
en realidad es tal vez el punto de partida de la crisis, porque es elemental
que ante la crisis real, se ve afectada de manera directa la capacidad
de consumo de la gente, lo cual incide en el aumento de los inventarios
de las empresas, la parálisis del crédito, el aumento
de las deudas de las familias, todo lo cual termina incidiendo en el
cierre y liquidación de empresas. Al respecto, en Estados Unidos
se afirma que se están cerrando miles de empresas cada semana,
han quebrado bancos, casas hipotecarias y comerciales y hasta lo que
se creían eran sólidas empresas multinacionales como Microsoft,
Caterpilar o Ford Motor anuncian la reducción de sus niveles
de producción y el despido de 250.000 asalariados en este año.
En España y otros países de la Unión Europea el
cierre de empresas, grandes y pequeñas, se ha convertido en el
pan diario, y se hace más difícil conseguir empleo para
los inmigrantes, muchos de los cuales han tenido que regresar a sus
países de origen o están en lista de espera. En China,
ante la caída del consumo en los Estados Unidos y Europa –sus
principales compradores- se han reducido las actividades en los diversos
sectores económicos, puesto que esa producción no se destina
al mercado local.
Al considerar los elementos antes mencionados en su conjunto, es difícil
suponer que el capitalismo sólo esta viviendo una pura y simple
recesión que pronto será superada y la economía
alcanzará, sin muchos traumatismos, su anterior nivel de crecimiento
y acumulación. Se requiere ser un economista neoliberal o un
demente para suponerlo, porque, por ejemplo, como negar el impacto duradero
de 50 millones de nuevos desempleados en todo el mundo y de otros 200
millones de trabajadores en un nivel de pobreza extrema –dos anuncios
de la Organización Internacional del Trabajo para este año-,
con lo que se paralizan las diversas actividades, ya que no es fácil
ni inmediato volver a engancharlos en otros puestos. Esto, entre otras
consecuencias, ha incrementado el número de suicidios y de enfermos
mentales, ha incidido en la destrucción de los hogares y está
generalizando la lumpenización y descomposición social
ante la necesidad de la gente de sobrevivir como sea. Además,
está haciendo regresar a la dura realidad a cuantiosos sectores
de la clase media que creían efectivamente que la economía
capitalista era lo mejor del mundo, porque les había dado carro
propio, empleo y capacidad de endeudamiento, como migajas de las que
vivieron en los últimos 20 años.
En conclusión, la depresión ha comenzado y se prolongará
durante los próximos años, rompiendo con la candidez de
aquellos que suponían que con la llegada de Barak Obama a la
presidencia de los Estados Unidos se iba a salir por decreto de la recesión.
Consecuencias de la depresión
El transito de recesión a depresión tiene consecuencias
económicas sociales, políticas, culturales y militares
de vasto alcance, como ya se demostró en la década de
1930. Para comenzar, es el detonante de estallidos sociales, como ya
se están dando en diversos lugares del mundo: huelgas en Inglaterra,
Francia, Guadalupe, Martinica, Grecia y otros territorios; manifestaciones
chovinistas y xenófobas en Inglaterra, donde en algunas protestas
los obreros de ese país piden la expulsión de los italianos
y de los polacos para salvaguardar sus puestos; motines de subsistencia
que se vienen presentando en diversos lugares desde el 2008, por la
carestía de los alimentos. Hasta el momento estos estallidos
no han alcanzado a vasta escala el corazón del sistema, es decir,
a los Estados Unidos o a China, pero es posible que pronto lo afecten
y también es probable que la respuesta sea virulenta para destruir
cualquier síntoma de resistencia de los trabajadores.
El panorama social, devastado no sólo por la crisis sino por
décadas de desregulación neoliberal que implicó
la destrucción de los sistemas públicos de seguridad social,
de salud y de educación, se transforma en una gran turbulencia
que ya no podrá ser controlada con simple demagogia y publicidad
sobre las virtudes del mercado y de la competencia individual, puesto
que en la práctica la gente se está hundiendo en la miseria
y la desesperación. Ante tal situación no es raro que
los Estados del capitalismo central, empezando por los Estados Unidos,
para intentar salir de la depresión lo más rápido
posible lleven a cabo masacres, guerras, ocupaciones y agresiones contra
el mundo periférico, como una forma de adormecer aun más
a su propia población y de ocultar las contradicciones insalvables
de sus propias sociedades.
Por todo lo anterior, no es sorprendente que resurja el nacionalismo
económico de extrema derecha (en una versión neofascista)
como sustituto del delirante laissez faire que se impuso en las últimas
décadas y que aumente la xenofobia y el racismo en los países
capitalistas centrales contra los más pobres y desvalidos, como
ya se está viendo en España o Inglaterra. Desde luego,
también existe la posibilidad de emprender un camino distinto,
de reconstruir un proyecto socialista renovado, que extraiga las lecciones
de las experiencias anteriores, y que junto con los parias del mundo,
aumentados por la depresión, ponga en cuestión la hegemonía
del capital e impulse una necesaria revolución anticapitalista.
Nada está dicho de antemano, porque al fin y al cabo la historia
la hacen seres humanos concretos, de carne y hueso, en situaciones concretas
enfrentando los retos de su tiempo. Por ello, la depresión en
curso puede convertirse en un punto de quiebre, que nos conduzca o hacia
un capitalismo cada vez más tecnofascista o hacia un horizonte
poscapitalista.