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UNA ENTRADA AL PERIODISMO POLÍTICO DESDE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES


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Natalia Vinelli*

La prensa popular tiene sus particularidades. Puede surgir acompañando el olor de las gomas quemadas en las rutas del país, o desarrollarse directamente como resultado del relato de los protagonistas, cansados de aparecer desfigurados en las pantallas televisivas. Puede responder a las necesidades reivindicativas de los sectores excluidos, ir más a fondo o difundir la “línea”. La prensa piquetera, por la naturaleza dinámica de los movimientos que le dan vida, se nutre de distintas tradiciones y configura otra forma de entender la política y la noticiabilidad: lo político aparece imbricado en la práctica periodística y ésta a su vez en la práctica política, por eso el periodismo político aparece como un mega-género que cruza cada una de sus páginas.
           En los grandes diarios, por el contrario, el periodismo político se corresponde punto por punto con la concepción dominante de “la política”, entendida como práctica acotada al ámbito institucional. Política es parlamento, sistema de partidos mayoritarios en tanto caudal de votos y representantes en las instancias del Estado, actos de gobierno y política económica. La idea que subyace en esta concepción es que la política sólo se realiza a través de las instituciones; idea que, según la académica uruguayo mexicana Beatriz Stolowicz (2002), implica especialmente en América Latina la defensa de la hegemonía ideológica neoliberal y su modelo conservador de democracia gobernable.
           De acuerdo con Stolowicz, esta concepción estrecha se asienta en una serie de pilares que marcaron el debate sobre la participación de los sectores oprimidos y explotados en las instituciones estatales desde el siglo XIX hasta la actualidad. Entre otras, la autora destaca la idea del Estado como unidad homogénea (es decir, producto de un pacto social entre iguales); la compresión de la política como consenso (negando que en una sociedad dividida en clases éste se basa en el ejercicio de la violencia simbólica, que hace pasar por propios intereses ajenos), y la convicción de que las voces políticas sólo se expresan “a través del parlamento, cuando en realidad política es toda forma de confrontación de fuerzas por ampliar el poder propio y disminuir el de los otros, lo que ocurre en todos los ámbitos de la vida social” (2002:170).
           Reflejada en los medios, esta concepción se traduce en una cobertura que desjerarquiza o directamente ausenta la voz de amplios movimientos sociales: un claro ejemplo de la materialidad de este recorte de lo político (recorte sin duda subjetivo, más allá de que se realice en nombre de la objetividad) es el caso del incendio en la discoteca Cromañón, que costó la vida de 194 jóvenes. Presentado las más de las veces en la sección Información General, tanto en la cobertura del hecho como en la publicación de la palabra de los padres y los amigos organizados en reclamo de justicia, llegó a la sección Política recién cuando se trató de la destitución del ex jefe de gobierno porteño Aníbal Ibarra.
           Esta mirada, en tanto sentido común dominante, organiza el recorte de la realidad en el campo periodístico tradicional y define los criterios mediante los cuales editores y redactores seleccionan determinados acontecimientos pasibles de ser transformados en noticia, y dentro de esto en noticia política. Naturalizados como rutinas productivas, estos criterios organizan no cómo debemos pensar, pero sí sobre qué temas debemos discutir y cuáles son los acontecimientos que hacen a la cosa pública. De esta manera -y si lo político no es más que una forma representada en el Estado y sus instituciones-, la negación de la representatividad y de la legitimidad política de los sectores sociales movilizados va a aparecer también como paso previo al rechazo de sus demandas o, en su defecto, como condena por “hacer política” por fuera de lo considerado positivamente como tal.
           “Existe un discurso oficial que dice: ‘Ustedes sean buenos tipos, pongan comedores, resuelvan el problema de la vivienda, peleen por trabajo genuino pero no hagan política. La política la hacemos nosotros’”, sostiene Carlos Chile, dirigente del Movimiento Territorial de Liberación (MTL). En el mismo sentido, el editorial del número 21 de la revista El Corte, discontinuado vocero del Movimiento Teresa Rodríguez (MTR), sintetiza frente al tratamiento mediático de las organizaciones piqueteras que “nos acusan de tener un proyecto político, como si no tuviéramos derecho a soñar con un país libre, igualitario y soberano. Primero nos quitaron el derecho al trabajo, luego a la salud y la educación. Ahora nos dicen que tampoco tenemos derechos políticos”.
           En estos planteos subyace, a diferencia de la concepción dominante y como veremos enseguida, una forma distinta de entender lo político asociada a los intereses de los sectores populares. Considerada -con matices- por las distintas organizaciones que conforman el amplio espectro piquetero en la Argentina actual, nos referimos a la unidad inescindible entre lucha política y lucha reivindicativa.
          
El periodismo político en la prensa popular

           En su libro Piqueteros. Notas para una tipología, Miguel Mazzeo redondea lo que venimos señalando al plantear que dada la naturaleza de sus reclamos, que conducen al abierto cuestionamiento de las políticas neoliberales, el movimiento piquetero “no puede soslayar la política”. Para el estudioso y militante, “el pensamiento dominante tiende a inventar la diferencia entre las demandas vinculadas con las necesidades de la sociedad (las ‘demandas legítimas’) y las relacionadas con los intereses de los dirigentes (las ‘demandas políticas’ y por lo tanto ‘ilegítimas’), porque reacciona frente a cualquier proceso de politización de masas por fuera de sus designios y busca imponer significaciones vinculadas a la imposición y a la manipulación” (2004: 26 y 27).
           Estas significaciones a las que se refiere Mazzeo tienen en los medios masivos un lugar preferencial de reproducción (por ejemplo, los estereotipos creados en torno a la figura del piquetero), y con ellas confrontan los sectores movilizados tanto con su práctica cotidiana como con el desarrollo del conflicto mismo. En este sentido la organización de espacios de prensa y cultura dentro de los movimientos, estén vinculados a estructuras partidarias o no, expresa la preocupación por elaborar (a veces sistemáticamente, otras de manera implícita) una política que enfrente, dispute y construya otra representación del mundo: según Carina López Monja, militante del Frente Popular Darío Santillán (FPDS), se trata de hacer “un periodismo comprometido y organizado que vaya de la mano del proyecto político y aporte a dicha construcción”.
           A la comprensión de lo político como práctica presente en todos los ámbitos de la vida social se corresponde de este modo una idea diferente de democracia (popular, directa, participativa), cuya dimensión simbólico-discursiva es también radicalmente distinta: en la prensa popular la política como género temático cruza todas las secciones y todos los otros géneros, desde la crónica hasta la opinión, respondiendo a criterios de noticiabilidad sensiblemente diferentes a los que ostenta el periodismo tradicional. Así, basada en el reconocimiento de la dependencia y la subjetividad, la prensa popular cuestiona la caracterización del periodista como “un curioso que mira” –en palabras de Julio Blank- (Escobar, 2005:51); y diluye la pintura del observador independiente, conocedor de precisas técnicas de bisturí para recortar y presentar los hechos de manera “neutral” y “objetiva”.
           “Todo lo que encaramos es desde una perspectiva política e ideológica determinada. Lo que significa que en la revista tratamos diferentes temas, noticias o debates pero siempre con nuestra mirada”, dice Carolina Fernández en referencia a la organización de la nueva revista del MTR-Movimiento Guevarista, Todo o Nada. La pretensión de neutralidad e independencia se desvanece entonces para asumir públicamente la representación de una parcialidad, posición que destaca el carácter instrumental del medio y su importancia dentro de una política cultural destinada a generar consenso en torno al proyecto de transformación social.
           En otras palabras: el periodismo político no puede ser considerado en estos casos simplemente como un género temático ni como mero discurso. Por el contrario, aparece como la materialización de un proceso de acción reflexionada y reflexión actuada (praxis en el sentido gramsciano), capaz de articular dialécticamente comunicación y política, política y comunicación. La información sirve para la acción en todas sus connotaciones y, como sostiene Santiago Gándara en referencia a la prensa de izquierda, esto deriva en la inexistencia de géneros periodísticos puros: “Todo está editorializado” (2004:47). De ahí que la política recorra los diferentes temas de la agenda destacando una forma de ver el mundo, llevando los problemas a sus debates de fondo y, sobre todo, invitando a la participación de un destinatario que se quiere activo.

Prensa partidaria / Prensa piquetera

           Hasta aquí nos referimos a la prensa de diferentes movimientos piqueteros dentro de la denominación genérica de prensa popular. Esta decisión se centra en nuestra imposibilidad de desarrollar los debates sobre la alternatividad, que merecen un espacio mucho mayor del que este artículo puede brindarles. Sin embargo nos parece fundamental presentar una de sus tensiones en tanto los distintos testimonios la destacan: se trata de la tensión entre prensa partidaria y prensa piquetera, o entre partido y organización social. Lo cual es efecto de las formas en las cuales los sectores subalternos se organizan y de las tradiciones teórico políticas sobre las cuales ellos crean o descansan.
           Muchas veces, esta tensión comienza a aparecer bajo la forma de una discusión sobre el quién, es decir, sobre los productores concretos de la prensa, lo que comporta el debate sobre el centralismo y el horizontalismo como formas de relación en la construcción militante y la autonomía (o no) de la organización político social respecto del partido o de la mesa dirigente. “Es mucho mejor que los compañeros que pusieron una pizzería en La Plata escriban ellos sobre su experiencia y no que la escribamos nosotros (en referencia al área de prensa). De cualquier forma, si los cumpas no llegan, no pueden o no quieren, lo hacemos nosotros”, afirma López Monja al describir el funcionamiento del diario del FPDS.
           En el caso del Polo Obrero, el brazo piquetero del Partido Obrero, la resolución sobre la palabra es distinta: en tanto el periódico es entendido como “un instrumento de politización y organización política”, la decisión fue mantener la Prensa Obrera como órgano centralizado de politización y difusión de ideas –según su jefe de redacción Luis Oviedo-, de manera de utilizarlo como herramienta para “convertir al Polo en una organización militante conciente”. En este sentido el periódico informa la opinión del partido (sobre la base de las orientaciones del Comité Nacional del PO) en lo que, de acuerdo con Mazzeo (2004: 48 y 49), constituye una suerte de “discursividad pedagógica” que reivindica la centralidad del partido en todas las luchas.
El contrapunto con la prensa partidaria así entendida se mantiene también en otros aspectos, entre ellos los que hacen al cómo: las principales diferencias afloran frente al estilo por momentos adusto y estereotipado de la prensa que se reivindica como leninista, en la política como bajada de línea y en su carácter programático. En este marco y retomando al dramaturgo alemán Bertolt Bretch, Gándara se detiene en la importancia de “los eufemismos que velan los hechos” en la prensa de izquierda, y destaca los términos que producen “una representación conflictiva, denunciativa, desnuda del objeto al que alude. (…) No es lo mismo hablar de la ‘crisis con los organismos financieros’ que hablar del ‘largo saqueo imperialista’. Ese ‘no es lo mismo’ estaría enmarcado en lo que Brecht define como astucia, que supone la presentación o representación de los hechos” (Gándara, 2004: 42).
           Pese a que existen reparos de distinta índole de acuerdo con las tradiciones que nutren los movimientos (por ejemplo, en todos los casos aparece con mayor o menor fuerza el papel organizador del periódico y el tratamiento de los hechos en la historia material de sus causas y consecuencias), los cuestionamientos a la redacción denunciativa remarcan justamente los problemas que genera lo que para las organizaciones no partidarias constituye un periodismo político destinado casi exclusivamente al circuito de los convencidos. De ahí que la preocupación por el lenguaje y específicamente por el lugar de la adjetivación en la prensa política popular se resuelva (o intente resolverse) de diferentes maneras.
           En el MTR, si bien se comparte una concepción de la prensa como vocero y órgano de formación e información centralizada, el referente Roberto Martino critica a “la típica prensa de izquierda que no logra llegar a la gente”, aunque reconoce que “en ese camino, a su vez, nosotros caímos en otro costado equivocado, se llegó a una prensa más bien que relata cosas pero no dice nada de fondo, es decir, no sirve para la educación. Nosotros veíamos que debíamos equilibrar” (citado en Escobar, 2005: 28). El encuentro de ese equilibrio, según Fernández, sigue siendo materia de debate: lo que se busca es “un lenguaje que eleve a la mayoría pero que no se aleje de nuestro decir común, cotidiano, popular”. Como ilustra Martino, ni “la prensa del Partido Obrero, típica prensa de izquierda”, ni “la de Castells: ‘doña Juana abrió el centro popular de jubilados no se cuanto, ¡Viva doña Juana!’, y listo. Creemos que hay que tener una mezcla de ambos” (ídem).
           Por último, en el FPDS también se subraya esa búsqueda. De acuerdo con López Monja, lo que se intenta es “utilizar un lenguaje no agitativo, entendiendo que nuestra posición ya se refleja en los temas que elegimos y que no es necesario decir ‘el capitalismo es malo’ porque eso queda claro desde el principio. No queremos un periódico tradicional de la prensa de izquierda. Tampoco queremos vivir en nuestro ombligo y hablar sólo de nuestros productivos y de nuestras marchas. Las luchas exceden la nuestra y en ese sentido es necesario pensar en la apertura”.

Tradiciones organizativas
          
           Las formas de trabajar la prensa y la comunicación en el FPDS, el MTR, el MTL y el Polo Obrero tienen, como apuntamos brevemente, algunos puntos de contacto y otros tantos de diferencia. Las semejanzas aparecen a nivel del periodismo político como mega-género (dando por resultado una prensa integralmente política), y en el carácter instrumental de sus producciones, es decir, en sus objetivos extra-comunicacionales. Las diferencias se perciben en cambio alrededor del estilo y también de la participación, en el carácter tendencialmente centralizado u horizontal del medio.
           Sin pretensión de tomarlos como casilleros estancos (como recuerda Mazzeo, “el panorama es mucho más complejo de lo que nos sugiere la simple contraposición entre una izquierda partidaria, clasista y centralista y otra movimientista, romántica y autónoma” [2004: 57]), pensamos que la suma dinámica de estos aspectos puede echar algo de luz sobre las formas en que las distintas tradiciones teórico políticas han sido resignificadas para nutrir la prensa popular. Estas tradiciones a las que nos referimos van desde la concepción leninista de la prensa hasta las nociones de trabajo en red hereditarias de ciertas vertientes del anarquismo, pasando por los antecedentes de la prensa sindical de izquierda y las reflexiones sobre la comunicación alternativa en América Latina.
           Al imaginar este haz de matices en torno a las experiencias citadas (que no escapan a las discusiones acerca la crisis de representación de la izquierda ni a los debates sobre las formas organizativas de las clases subalternas), la Prensa Obrera -el órgano del PO y por lo tanto del Polo- aparece como uno de los modelos posibles. Centralizada y caracterizada como organizadora colectiva, sus páginas siguen las orientaciones de la instancia de dirección: según Oviedo, “ahí se discute la orientación, planteos más o menos a largo plazo. Ese cuadro político es el que fija el trabajo del periódico (...) ¿Cómo se aplica esa orientación en los distintos lugares? Depende de la creatividad de los distintos lugares. No es que se determina todo lo que hace el partido en el Comité Nacional, sino que éste fija una orientación y después cada uno tiene que discutir cómo la lleva a la práctica. (…) Lo que tiene de bueno el centralismo es que te da una voz única en los distintos lugares, lo cual no impide que haya un debate. Ahora, una vez que un debate llegó a un punto en donde se tomó una resolución, sigamos la resolución”.
Aunque este formato es el más cuestionado por su rigidez, el papel de la prensa en la organización de las fuerzas populares -tópico fundamental en el pensamiento leninista-, es retomado por buena parte del arco que hace a estos colectivos de acción política. Esto tiene que ver con la importancia que se le otorga a la prensa como articuladora de las luchas, pero también con la decisión de interpelar a un destinatario de quien se requiere un compromiso activo. Por eso en el Frente Santillán el esfuerzo condujo a la construcción de dos espacios comunicacionales, uno de carácter orgánico y otro, bautizado Prensa De Frente, abierto a la heterogeneidad que subyace a los procesos de transformación social y donde la recuperación del trabajo en red parece aportar bastante.
           Desde esta perspectiva, lo que se intenta es comprometer a los sectores movilizados en la elaboración de su propia identidad y de su propio discurso, considerando como señala Mazzeo- que “sólo la participación consciente y democrática podrá garantizar que las fuerzas populares que asuman el proyecto de transformación social tengan en algún momento chances de vencer” (2004: 54). Esta corriente, centrada en la idea de poder popular y en la construcción de autonomía en el territorio, se asemeja en algunos aspectos a la expresada por el MTR, aunque en este último caso la herencia partidaria es mucho mayor (o mejor, se encuentra menos diluida).
           Por último el MTL, vinculado al Partido Comunista Argentino, discurre parte del debate en la cuestión de la masividad. “La izquierda tradicional en nuestra patria hace una prensa elitista –en el buen sentido de la palabra-. No es prensa masiva, es para grupos. Nosotros aspiramos a constituir una prensa masiva”, sostiene Chile. Aquí la masividad y (sobre todo) lo que se entiende como “amplitud” abren toda una zona de debate: “Si no hay comunicaciones masivas alternativas que puedan explicitar un proyecto de país distinto realmente va a ser muy difícil de construir”. Más allá del soporte, el papel de la prensa (o de los medios) como difusora de ideas también está presente.
La prensa piquetera, con sus variantes, comparte entonces la necesidad de representar las prácticas de los sujetos desde una mirada profundamente política, construyendo su propia voz pero desde distintas estrategias discursivas. Lo que diferencia las experiencias aquí presentadas es, en todo caso, cómo se construye esa voz y desde qué perspectivas. Desde las prácticas que hacen foco en la participación como práctica generadora de conciencia hasta aquellas más centralistas donde la voz es la expresión del partido como fuente confiable de ideología.

 


Bibliografía

ESCOBAR, Patricio (2005), La prensa piquetera. Un análisis sobre dos experiencias de comunicación. Tesina de grado para la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, FCSoc, UBA. Mimeo, marzo.
GÁNDARA, Santiago (2004), “La prensa partidaria de izquierda. Verdad, acción y conflicto”. En Vinelli, N., y Rodríguez Esperón C., Contrainformación. Medios alternativos para la acción política. Buenos Aires, Continente / Peña Lillo.
MAZZEO, Miguel (2004), Piqueteros. Notas para una tipología. Argentina, FISyP / Manuel Suárez Editor, Colección de ensayos “Pensamiento libre”.
MTR (2003), “Editorial: Ante la campaña del gobierno, ¡piqueteros carajo!”. En revista El Corte nro. 21, 2003.
STOLOWICZ, Beatriz (2002), “El desprestigio de la política: lo que no se discute”. En revista Política y Cultura nro. 17, México DF, UAM-Xochimilo, 2002, pp. 165-192.

Entrevistas

CHILE, Carlos (MTL), febrero de 2007; FERNÁNDEZ, Carolina (MTR), diciembre de 2006; LÓPEZ MONJA, Carina (FPDS), enero de 2007; OVIEDO, Luis (PO), marzo de 2007.

Este texto es un avance de la investigación “Comunicación y Movimientos Sociales. La prensa piquetera”, que vengo realizando en el marco del Área de Investigaciones Interdisciplinarias del Centro Cultural de la Cooperación.